Entrevista a Eduardo Sánchez Rugeles, autor de Blue Label/Etiqueta Azul

 El sueño de Eugenia Blanc. 

El sueño de Eugenia Blanc. 

Desesperanzada y hastiada con la Venezuela contemporánea, Eugenia Blanc – una caraqueña de clase media – solo tiene un sueño: ser francesa. Su empeño por obtener la nacionalidad de su abuelo la embarca en un inusual road trip por los grotescos paisajes de su país revolucionario, descubriendo el proceso agridulce de convertirse en adulta, en la novela debut del escritor venezolano Eduardo Sánchez Rugeles (1977), Blue Label/Etiqueta Azul (2010).

 Blue Label/Etiqueta Azul catapultó a Sánchez Rugeles – que tenía tan solo 33 años – a la fama literaria cuando la novela ganó el Premio Iberoamericano de Literatura Arturo Uslar Pietri. Sería el primer premio de varios que el autor ganaría al publicar obras posteriores. La novela ha cautivado a los lectores, especialmente al público joven (al punto que es lectura requerida en algunos cursos de bachilleratos y clases universitarias), por su cruda visión de los años más hegemónicos y despilfarradores del chavismo (de ahí el título) y de la significancia que el tema central – el destierro voluntario, la emigración venezolano – adquiere cada día más. Los sueños de Eugenia, de escapar de una Venezuela despedazada y caníbal con su gente, resuenan y se multiplican diariamente en la juventud venezolana. El éxito de la novela logró que, para 2014, esta numerara un tiraje de 10.500 copias; un número considerable en el mercado venezolano. No sería exagerado hablar de Sánchez Rugeles como un bestseller del mercado local.

Sánchez Rugeles estudió Filosofía y Letras en la Universidad Central de Venezuela con la intención de que su vocación fuese la académica. Posteriormente, trabajó como profesor de educación media en el colegio San Ignacio de Loyola (en Caracas), sirviéndole esta experiencia como inspiración para su obra debut. Desde hace más de una década, vive en Madrid – desarrollando su carrera en la distancia y escribiendo sobre el exilio desde la óptica de su experiencia personal como emigrante venezolano.

Tony: Eres uno de los pocos autores venezolanos que ha tenido el atrevimiento de hablar desde el punto de vista de la clase media caraqueña del tipo publicidad navideña de Plumrose/publicidad Mavesa. ¿Consideras que la clase media/alta, su mundo y visión, ha sido demonizada o convertida en tabú?

Eduardo Sánchez Rugeles: Sin duda, bajo los parámetros sociológicos de la Revolución, la clase media ha sido satanizada. No es un tabú, se habla de ella pero en términos peyorativos y excluyentes. La clase media, según este modelo político, es el mal, pero, en sentido estricto, no creo que esta estigmatización se trate de un fenómeno reciente. El chavismo, claramente, profundizó esa lectura negativa, pero esta visión estaba muy arraigada en el imaginario estético latinoamericano desde los años sesenta. No es un fenómeno exclusivo de Venezuela, lo que pasa es que nosotros tuvimos el infortunio de llevar a Chávez a la presidencia. No creo que seamos pocos los que le hayamos dado la palabra a la clase media, lo que ocurre, quizás, es que no hemos tenido suficiente visibilidad. Al no encajar en el paradigma imperante, al no caer en el tópico marxista de la lucha de clases y apostar por esencialismos sociológicos, puede que nuestro trabajo haya pasado desapercibido. En ese sentido, puede que “Blue Label” haya tenido suerte y haya aparecido en un momento en el que la clase media necesitaba quitarse de encima algunas etiquetas.

T: ¿Qué te llevo entonces a hablar de ese estrato socioeconómico, a meter el dedo en la llaga?

ESR: No hubo una intención específica de meter el dedo en la llaga, nunca vi esa llaga. Simplemente, traté de hablar de contextos y situaciones que me resultaban familiares, de entornos que conocía. No tengo experiencia vital de la riqueza, de la opulencia de las clases altas, pero tampoco tuve una experiencia directa de la pobreza extrema; por lo que mis referentes siempre estuvieron ligados a eso que, a veces de manera deportiva, llamamos clase media.

T: Esto se insinúa en parte en el prólogo (escrito por Alberto Barrera Tyszka) de Blue Label/Etiqueta Azul, pero ¿tú consideras que cierta frivolidad o ignorancia de las clases medias y altas venezolanas hacia otras realidades ayudó a la llegada del chavismo al poder o al dominio tan carismático y hegemónico que tuvo la Revolución Bolivariana? 

ESR: La llegada del chavismo al poder es un fenómeno más complejo. Justificar el ascenso de Chávez por cierta frivolidad o ignorancia de la clase media podría resultar oportunista, insuficiente e incierto. El desgaste del discurso de los partidos políticos tradicionales es un argumento esencial. Muchas de las denuncias que hizo Hugo Chávez en 1998 en su campaña presidencial, referidas a la corrupción de esos partidos y a la falta de empatía de las dirigencias con el pueblo, fueron legítimas y, en gran medida, realistas. Antes que hablar de frivolidad o ignorancia, preferiría hablar de ingenuidad. La clase media fue ingenua al creer que un militar golpista tendría la entereza moral y la inteligencia política suficiente para confrontar un país con dificultades económicas y sociológicas tan serias como las que tenía la Venezuela de finales del siglo XX.

T: ¿Has visto el controversial video Caracas, Ciudad de Despedidas? ¿Qué opinas del video? ¿Te parece que la reacción fue proporcional? Llama la atención como en los últimos años ha sido parcialmente redimido en las redes sociales, incluso con memes.

ESR: En su momento lo comencé a ver, pero lo quité porque me aburrió. No le di importancia, horas más tarde supe que era un escándalo mediático. La reacción, efectivamente, me pareció desproporcionada y grotesca. Muchas personas descargaron sus frustraciones, iras, malestares y pesares en el trabajo escolar de ese grupo de chamos. La indignación popular me sigue pareciendo kafkiana. Recuerdo que, en esos días, el magistrado Aponte Aponte acababa de hacer unas revelaciones graves sobre el funcionamiento del Tribunal Supremo de Justicia; esa semana, además, un grupo de presos alzados tomó el reten de la planta y comenzaron a disparar contra la autopista. Había una serie inmensa de argumentos para indignarse y cuestionar el estatus moral y el fracaso político de la vida venezolana, pero el desahogo le tocó a estos pobres carajitos que, incluso, llegaron a recibir amenazas de muerte. Conozco a algunos de ellos, les di clases en bachillerato. Algunos, en privado, reconocieron cometer un error al prestarse a participar en ese corto, pero nunca imaginaron que aquella tontería se convertiría en un fenómeno viral. También fueron ingenuos. Como tantos, como todos.

T: Hablemos de Blue Label/Etiqueta Azul. ¿De donde surgió la idea, cual fue la inspiración?

ESR: Sin duda, mis años como profesor de Educación Media. Comencé a redactarla cuando me mudé a Madrid y, enfebrecido por la nostalgia, comencé a tomar algunas notas sobre mi experiencia docente en las aulas de bachillerato.

T: ¿Por qué razón tus personajes llegan a ser tan disfuncionales y en momentos hasta misántropos, causando cierta falta de empatía en los lectores?

ESR: No lo sé. Supongo que es el tipo de personaje que me gusta, tanto en cine como en literatura. La gente simpática, encantadora, adorable, nunca me ha resultado muy atractiva (hablando en términos estéticos). Siempre he sentido una curiosa preferencia por los raros, por los extraños, por los outsiders. Mientras más chocantes resulten, mejor. 

T: A través de la obra, hay una tensión musical entre ese bubblegum pop latino, tan en boga en los años que transcurre la novela, que Eugenia disfrutaba y el gusto por el rock americano de décadas previas de Luis. Me parece sumamente interesante, considerando que en América Latina hemos presenciado en los últimos quince años una tensión (ejemplificada por la letra de “Atrévete” de Calle 13) de trasfondo social entre la música más “fresa” (RBD, Belinda, Thalia, Shakira, Enrique Iglesias, etc.…) y la música más “urbana” (el reggaetón, el trap, la bachata, las fusiones urbanas) al punto que hoy en día pareciese que el pop latino ha sido diezmado y la brecha es entre un reggaetón suavizado (Maluma, J Balvin, etc.) y una corriente más reaccionaria y cruda. Ahora, la brecha entre Eugenia y Luis nos habla más bien de una tensión cultural entre la cultura musical del primer mundo y su adaptación en nuestros países (el pop). Háblame de esto.

ESR: Luis tiene mucha influencia anglo y sí, puede que sienta desdén por la música latinoamericana, su actitud es muy intensa y juvenil, inmadura en ese sentido. Eugenia, por su parte, no tiene una política musical, ella oye lo que le pongan en la radio, lo que sea popular, lo que suene más en la emisora de turno. Adora el mainstream y ni siquiera sabe que los entendidos, a eso lo llaman mainstream, no le importa, no se complica. Honestamente, nunca me lo planteé como una tensión cultural, simplemente, traté de encontrarle aficiones musicales a mis personajes según sus visiones del mundo. 

T: En retrospectiva, ¿se puede considerar a Luis Tévez y su grupo como hipsters?

ESR: No lo sé. Nunca he sido dado a las etiquetas, me resultan insuficientes. Además, hipster es ese tipo peculiar de etiqueta que, según el contexto, puede cambiar su significado, cada quien entiende lo que quiere. En sociedades como la venezolana ese tipo de categorías sociológicas resultan insuficientes y fallidas. Caracas puede modelar, por ejemplo, un hipster-mono-emo-wannabe sin que eso resulte contradictorio. La locura de la ciudad lo hace posible. 

T: En un capítulo del libro, Luis y su grupo hablan de una apología del malandro que parece dominar el cine venezolano y otras áreas culturales. Háblame de esto.

ESR: Durante mucho tiempo, imperó el modelo de un cine de barrio, o cine miseria, en el que los roles protagónicos recaían en delincuentes. Pienso en la obra de Clemente de la Cerda (Soy un delincuente, El reincidente) o en muchas películas de Roman Chalbaud. Los personajes, probablemente (recuerda que ellos son libres) se referían a esa tradición. 

T: Pareciese haber un tema de decadencia, incluso en un nivel visual y lingüístico, en el ambiente de la obra. Edificios venidos a menos con sex shops, hoteluchos, autopistas plagadas de accidentes de tráfico, televisión basura, corrupción y derroche, familias divididas, una jerga plagada de palabras vulgares y obscenas… ¿Es esta Venezuela hoy en día? ¿Fue intencional el sentido de decadencia al punto (excelentemente logrado) que abruma? ¿Puede haber belleza en la decadencia?

ESR: Blue Label se redactó durante el otoño de 2009. Imagino que la decadencia que describen sus páginas, si se compara con la Venezuela de 2017, ha de parecer como una Edad Dorada. Sí, hubo una intención clara de registrar ese hundimiento, ese desgaste de los referentes urbanos. Para la Revolución, la decadencia es una política de Estado y, efectivamente, creo que la literatura es una buena herramienta para dejar constancia de todo aquello que parece estar condenado a desaparecer. Sobre la belleza, puede haber belleza en la memoria que evoca aquello que ha desaparecido, que se ha perdido, que ha dejado de ser. El objeto per se, el mundo destruido, puede ser horrible y degenerado, pero la mirada que lo percibe, en su humanidad, en su evocación, sí puede estar empapada de belleza.

T: Un leitmotiv del libro es la canción de Bob Dylan “Visions of Johanna”. En un momento, un personaje remarca que Johanna es un nombre en hebreo para el infierno. ¿Acaso la canción representa ver a esa Venezuela decadente, que inicia en Caracas pero se expande hacia un interior desolado, como las visiones del infierno?

ESR: La canción me gusta mucho, algunas de las correspondencias entre sus versos y la historia como tal son producto de la fortuna, del azar. No la elegí con una intención concreta de decir esto o aquello. Musicalmente es muy Luis y por eso está ahí. Lo de Johanna como nombre hebreo del infierno debo haberlo leído por ahí en algún blog o en alguna biografía de Dylan, pero no deja de ser una curiosidad.

T: Leí la obra hace dos años, cuando estaba en Quinto Año, y siempre discutía con un amigo sobre su significado: para mí, Blue Label/Etiqueta Azul concluye en que Venezuela es “un país de perdedores” (como decía el padre de Eugenia) sin futuro ni posibilidades. Una visión pesimista y hasta malinchista. Para mi amigo, el libro representaba lo contrario: Eugenia tuvo el único momento feliz de su vida al inmiscuirse en la verdadera realidad venezolana y solo consiguió alienación y tristeza al cumplir su sueño de emigrar. ¿Nos podrías dar un poco de claridad?

ESR: Me gusta dejarle libertad a los lectores para que elijan la interpretación con la que más se sientan a gusto. La interpretación habla más de ti como lector, que de las intenciones del autor. Creo que tienes razón al ver la historia cómo la ves, pero tu amigo también tiene razón. Esta Venezuela, de la que huyó Eugenia, es muy perversa, asfixia, maltrata, hace daño, duele, pero también tiene una cara oculta que es en la que se afinca la melancolía y la nostalgia, algo a veces indecible. Quisiera tener un poco de claridad, pero solo tengo oscuridades.

T: ¿Crees que existe, en la Caracas del mundo real, gente como Luis Tevéz y su grupo que hacen happenings o quemas de Judas con películas de cine venezolano? 

ESR: Sin duda. No lo creo, lo sé. Hay de todo. Hay gente maravillosamente loca. 

T: Hay una opinión personal que siempre he querido discutir contigo y me gustaría escuchar tus comentarios y opinión. Muchos dicen que eres la voz de mi generación pero, aunque en varias ocasiones sienta mucha identificación con lo que se plasma en la obra, siento que Blue Label/Etiqueta Azul termina siendo un libro donde se plasma la voz de tu generación (La X) en personajes de la generación millenial. Eugenia y su visión del país me recuerda más a los amigos de mi hermana de 39 años o a los jóvenes del documental Zoológico (1991) que a mis amigos. En una escena, todos se burlan de este personaje patriótico y activo en actividades políticas y cívicas que llaman “el patriota”. Yo siento que, por lo menos desde el 2007 hasta la actualidad, la mayoría de los jóvenes venezolanos – tanto los que emigraron como los que no – han terminado evocando a ese personaje. Me atrevo a decir que la voz de Eugenia hubiese sido más orgánica en un trama situado en los años noventa. 

ESR: Yo soy un noventero confeso, tengo la edad de los amigos de tu hermana. Mis referentes son absolutamente finiseculares y puede que, efectivamente, mis personajes adolezcan de esas huellas de agua. Sin embargo, te puedo garantizar (pregúntale a tu hermana) que a ninguno de nosotros, en los noventa, se nos pasaba por la cabeza irnos definitivamente de Venezuela. Queríamos salir a estudiar, a viajar, a conocer al mundo, pero no existía un paradigma de la migración como alternativa racional ante el estropicio revolucionario. El conflicto de Eugenia, en los noventa, no hubiera sido del todo verosímil, sí posible, pero no hubiera conectado con las necesidades y experiencias de una generación. En los 90, quizás, Eugenia hubiera sido una loca, una tipa rara; en la actualidad, Eugenia es una tipa que, te caiga bien o mal, tiene un problema que, como lector joven, te resulta familiar. 

T: ¿Qué significan o representan las referencias a la cultura pop venezolana de los ochenta?

ESR: Creo que hay más noventería que ochentería en Blue Label, habría que buscar los ejemplos concretos. A mí la cultura pop siempre me ha parecido muy divertida, sugerente, es algo que tenemos en común.

T: Me parece súper interesante que menciones conocidos colegios caraqueños – que etiquta de “sifrinos” – con sus nombres reales, considerando que algo tan típico de la sifrinería caraqueña es preguntar el colegio de otra persona al conocerla (incluso siendo ya adultos o viviendo afuera del país). ¿Tuviste temor de causar controversia al usar los nombres reales de estas instituciones? ¿Lo dudaste en algún momento?

ESR: No, nunca. Lo hice a conciencia. Buscaba el realismo, más que la crítica o la descalificación de tal o cual institución. No usaría la palabra “sifrino” para generalizar en torno a los colegios. Me consta que en esas instituciones hay de todo, personas de todo tipo, pero es cierto que muchas veces se impone la etiqueta.

T: Háblanos un poco de la película de Blue Label/Etiqueta Azul. ¿Qué nos espera? 

ESR: Tengo expectativas inmensas. He trabajado durante mucho tiempo en ese guión, a la par del director Alejandro Bellame. Muy contento con el equipo técnico y artístico. He aprendido lo difícil, complicado, cuesta arriba y perverso que es hacer cine. No sé que nos espera, comparto el sentimiento de incertidumbre. Ha sido una experiencia muy formativa y grata. Si es buena, la amaré y si es mala, también. Confío en que Alejandro hará un excelente trabajo que, como es habitual, tendrá aficionados y detractores. 

T: ¿Cómo ves el panorama actual de la literatura venezolana? ¿Se están rompiendo los parámetros y limites? ¿Se están leyendo más escritores venezolanos en el exterior?

ESR: No podría asegurarlo, tengo dudas. Seguimos siendo una literatura periférica, conocida por especialistas, pero para el público general no creo que haya habido un cambio significativo en lo que tiene que ver con la visibilización de autores venezolanos. Puede que, en Venezuela, se esté leyendo más literatura venezolana que antes. Tengo 10 años fuera del país, no podría asegurarlo, pero tengo esa impresión. Sin embargo, fuera del país, cuantitativamente, no creo apreciar un aumento notable de publicaciones o autores inéditos. A la poesía le ha ido bien, mejor que a la narrativa. Cadenas y Yolanda Pantin, por ejemplo, han tenido continuas rediciones de sus obras y han recibido reconocimientos importantes. Juan Carlos Méndez Guedez fichó por Siruela y ha publicado varios títulos en España, me parece que Fedosy Santaella publicó con Pretextos, Rodrigo Blanco ganó un premio importante en París con The Night; pero sigue siendo una literatura de casos, de autores concretos. Meras impresiones, quizás me equivocó. Me falta leer muchos autores jóvenes y contemporáneos por lo que no tengo argumentos suficientes para saber si se están rompiendo parámetros o límites. Sí sé que hay gente escribiendo y eso es bueno. 

T: ¿Conoces algún extranjero que haya leído Blue Label/Etiqueta Azul? ¿Qué opinó, como lo procesó? 

ESR: Sí, varios: españoles, argentinos, mexicanos, norteamericanos y australianos. El feedback ha sido positivo. Muchos me han comentado que si bien no reconocen algunas palabras, el contexto les da todo lo que necesitan para comprender las situaciones.

 T: ¿Cuáles son tus artistas extranjeros y venezolanos favoritos? 

ESR: Mi escritora venezolana predilecta es Victoria de Stefano, admiro muchísimo su trabajo. Al leerla, me siento un aficionado miserable. Teresa de la Parra siempre me gustó mucho. Y no puedo dejar de citar a mi mentor, mi querido Eduardo Liendo.

T: En cuanto a la producción cultural venezolana, ¿qué es lo que más te gusta y que es lo que más desprecias o detestas?

ESR: Las cosas han cambiado. Como te advertí, tengo diez años fuera de Venezuela por lo que creo que la oferta cultural de 2007, con sus posibilidades y limitaciones, no es la misma que la actual. En muchos campos, creo que hay gente muy talentosa, eso me gusta y lo admiro. Lo que más detesto es el facilismo, la mediocridad inconsciente, el creer que se puede ser músico, actor o escritor porque se leyó un libro for dummies y que las cosas pueden lograrse sin sacrificios o esfuerzos. Me disgusta la gente que estigmatiza el esfuerzo, que cree que las dificultades son negativas y que las cosas son buenas y bonitas sí porque sí. En la cultura también abundan figuras como la de ese joven, tristemente célebre, que se fue una competencia de invierno en Finlandia sin saber esquiar, solo porque quería cumplir un sueño. Este oficio requiere disciplina y trabajo. Me gusta trabajar con gente que tiene esa concepción de las artes.

T: ¿Qué es lo que más te gusta de Caracas y que es lo que más odias?

ESR: Mis espacios, mi pequeño mundo: la casa de mis padres, de mis familiares, los lugares de trabajo. Odiaba el tráfico, me cuentan que ya no es tan fuerte. 

T: Describe a Caracas en tres palabras. 

ESR: Hogar, locura, caos.

T: Quiero hacer un ejercicio imaginativo y descriptivo donde la mente fluya: ¿Cómo te imaginas, al nivel que quieras, a Caracas o a Venezuela en 20 o 30 años? 

ESR: Me vienen a la mente dos imágenes: El desierto del Valle de la muerte o un cementerio urbano, como el Otro Lado de películas como Inception o el de la serie Stranger Things. Nunca he sido muy optimista.

The 0212 Generation: resistencia artística, venezolanidad y controversia. (Review)

 The 0212 Generation

The 0212 Generation

The 0212 Generation es el proyecto creado por la caraqueña Valeria Romano (1996) para su tesis de grado de la carrera de estilismo de moda en IED Moda de Milán. Este es una conglomeración – o movimiento – donde se unen varios fotógrafos, estilistas, modelos y otros jóvenes universitarios o adolescentes de Caracas que llevan ya unos años haciéndose conocer por Instagram. El epitome del proyecto es un documental del mismo nombre que puede verse en Youtube.

La generación 0212 (el código telefónico de la ciudad capital venezolana) es una suerte de subcultura o grupo social que conozco desde hace ya algunos años gracias al Festival Intercolegial de Humanidades – cuando solo dirigía la categoría de Escritura y posteriormente durante el tiempo que fui presidente. En aquel entonces aun no tenían nombre pero mi chiste recurrente dentro del Festival era referirme a Willian Álava (ig: @willian.alava), Santiago Méndez (ig: @santiagom.p) y aquel aviario colorido y estrambótico de modelos, estilistas y diseñadores que los acompañan en sus proyectos como “La Subcultura” (incluyendo a algunos personas que no forman parte del proyecto de Romano pero siempre revolotean en el entourage). En parte hipster, en parte nostalgia de Tumblr, La Subcultura – que, gracias a Dios, finalmente se estructura en movimiento formal y toma nombre – evoca una estética visual de los noventa o principios de los dos mil (a veces con lentes color de película de los setenta) que se entremezcla con una feminidad Lolita de calcomanías rosas y soft grunge, una cucharada gender-neutral y un pedazo de punk pastel y angst existencial a lo Ghost World que termina evocando con remembranzas tropicales a Dazed and Confused Magazine, i-D Magazine y UNIF.           

El documental mencionado habla de las razones y metas del grupo y de su situación existencial, semi-ideológica y estética. No puedo dejar de pensar que es una suerte de versión moderna de Zoológico (1991), de Fernando Venturini, pero centrada en la fotografía de modas y el diseño de modas (por mucho que la página del proyecto diga que es del arte en general). Tras verlo y analizarlo me ha dejado algunas opiniones que circulan en mi cabeza como serpientes calientes:

Estos jóvenes son de admirar

El gusto es una cuestión personal y sumamente complicada, como lo son la estética dominante y las estéticas alternativas. Puede que el espectador se encuentre fascinado por los proyectos de los 0212, puede que los considere una verdadera catarsis artística o una punzada avant-garde a la cultura pop venezolana, puede considerarlos un simple show dilettante de querer ser diferente, una transposición del movimiento Glee-Born This Way a Venezuela, es más – puede que el espectador se incomode con ideales de belleza alternativos, hombres albinos y mujeres andróginas. Pero no vengo a discutir cómo cada quien lo interpreta: te guste o no, lo ames o lo odies, no se le puede quitar el mérito a ninguno de los muchachos y mucho menos a Romano, Méndez y Álava. ¡Estamos hablando de hacer múltiples proyectos artísticos en una nación que se está derrumbando! Arte y cultura en medio de colas de supermercado, edificios mugrientos, sangre en la acera, fusiles, botas militares, medios censurados, gas lacrimógeno y estantes vacíos. Hacer arte en este infierno liberado es un bastión de resistencia de belleza sublime – en el más filosófico de los sentidos. ¡Es una realidad donde no hay dinero ni espacios culturales, donde conseguir una cámara es un esfuerzo económico y una amenaza a la seguridad personal, donde se puede ser atracado en un espacio público, donde se vive entre monstruosa violencia y dantesca crisis! Es un devastador panorama de horror y desesperanza, como para lanzarse al vacío: pero ellos siguen. Con su rostro en alto, su cámara en mano y sus ideas burbujeando en la cabeza. Ámalos u ódialos: son admirables. 

El Miss Venezuela es un monolito invencible

El video inicia con una explicación de como Venezuela es un país donde la belleza está regida por sus reinas de belleza mundialmente famosas y donde supuestamente la mayor aspiración de las mujeres es llegar a ser Miss Venezuela. Según la narradora del video, el movimiento desafía esto con su estética y busca la intención de cambiar estos patrones. La causa es, indudablemente, noble pero – sin entrar en discusiones feministas o sociológicas –luchar contra el Miss Venezuela es realmente una batalla infecunda. Estamos hablando de un país donde la belleza existe como concepto central de su existencia: es una sociedad vanidosa donde se le da un valor sagrado y místico, se podría decir que hasta religioso, a la belleza y todo lo que le incumbe (este es el país de las peluquerías y las cirugías plásticas; donde la estética del cuerpo es central pero se reniegan otras ramas estéticas de suma importancia como el diseño gráfico, el diseño editorial, el diseño de interiores, el diseño de modas e incluso la producción televisiva y la publicidad). Venezuela es un un país donde los concursos de belleza son orgullo nacional y objeto de devoción. Donde incluso el proceso de desarrollo de la democracia está ligado a estos.

Luchar contra el Miss Venezuela es luchar contra el corazón de una sociedad entera. Venezuela está regida por siete poderes: el ejecutivo, el judicial, la Iglesia Católica, PDVSA, las Fuerzas Armadas, la Polar y el concurso Miss Venezuela. Este ha producido históricamente ganancias de cantidades millonarias y ha sido patrocinado por marcas tan importantes como Blockbuster, Apple y Coca-Cola. Es más, ¡Tuvimos una candidata presidencial que fue Miss Universo! Y no me impresionaría si, en unas décadas, una Miss se pusiese la banda presidencial. Nos guste o no, la realidad es que luchar contra este es una causa fallida. ¡Pero no es razón para rendirse totalmente! Considero que el movimiento de moda que nace hoy deberá conseguir un punto medio con el concurso: una Venezuela futura donde sigan existiendo las reinas de belleza y su poderío pero donde simultáneamente haya una industria de la moda desarrollada, compleja y artística sin la necesidad de oponerse tan radicalmente al Miss Venezuela. Me atrevo a decir que se necesitaría un acuerdo tácito entre ambos grupos pues es probable que en un futuro (mejor), en el que estos jóvenes desarrollen una hipotética nueva industria de modas venezolana, las marcas y talentos nuevos deban trabajar con las misses y con su poderosísima industria. 

El inescapable destino hacia el consumismo

 Santiago Méndez, uno de los fotógrafos del proyecto.

Santiago Méndez, uno de los fotógrafos del proyecto.

Un punto corto pero significante: Sofía Rangel, una de las entrevistadas, considera que este grupo de creativos tiene un impacto porque “no se van a lo comercial”. Pero, ¿es posible la trascendencia de estos talentos artísticos, prácticamente solo del ámbito de la moda y la fotografía, sin el consumismo y la comercialidad? Es un destino inescapable, como el famoso “selling out” que tanto aterraba a las estrellas de rock. El diseño de modas y su industria son un ámbito ciertamente artístico y estético, pero que aun así depende completamente del consumo y del comercialismo: ¿acaso no fue la moda una invención de las élites adineradas para diferenciarse constantemente de las clases económicamente inferiores que copiaban su estilo? De igual manera, la fotografía de modas depende en gran parte de las marcas y revistas que requieren el trabajo fotográfico para sus colecciones y de otros servicios que requieran la industria y las marcas. ¿Es que acaso Vogue.it, donde se hizo un reportaje del proyecto, no es un instrumento agudo del consumo y del capitalismo? Saco a flote una vez más la hipotética industria de modas futura en Venezuela: si el grupo y sus talentos quieren trascender, será necesario no desviar la mirada del consumo y el comercialismo. Aun así, creo que muchos miembros del proyecto entienden esto (tales como Álava, Méndez, El Rifaie e incluso la misma Romano). 

Venezuela no es una dualidad estética entre Miss Venezuela y 0212

Un punto que no me convenció de la narrativa (o incluso metarrelato) del documental es que ilustra tácitamente a Venezuela como una dualidad estética entre aquella del Miss Venezuela (piensen en Alicia Machado circa 1996 o en Dayana Mendoza o en Mariam Habach) y la estética de The 0212 Generation (que bien ya expliqué). Pero, ¿acaso en Caracas, al menos, no existe una plétora de estilos paralelos o intermedios? ¿de expresiones estéticas de los diferentes grupos sociales de la ciudad? ¿de estilos fascinantes y de atrocidades visuales? Pensemos en las explotadas – que irrumpen con ambos estilos de belleza – o en aquel estilo tan característico de las tan mentadas ‘bendecidas y afortunadas’. Y, ¿qué hay del tan caricaturizado estilo de las bachaqueras y buhoneras? Con sus cholas y sus licras multicolores. ¿Acaso la boliburguesía, amos del kitsch, no tiene un estilo muy particular? ¿o los llamados ‘farandis’, mezcla híbrida entre sifrino y reggaetonero, como Alan Wittels, Corina Smith y muchas personalidades de Instagram y Youtube? Y, sumamente icónico, el estilo de las sifrinas caraqueñas tradicionales: las niñas de estrato acomodado con sus lacias cabelleras, blusas holgadas y estilos bubblegum (aves exóticas en restaurantes de sushi o Twister visual) que fielmente siguen los estilos de Vogue y de las insta-bloggers. No considero que el documental deba hablar de los diferentes estilos de los caraqueños, porque este jamás fue el punto del proyecto, pero creo que debió ser más claro en cuanto a la diversidad (por muy extraña y ligada a las clases sociales que sea) que existe en nuestra ciudad.

Los prototipos de belleza son un hecho universal (pero sí: ser ‘diferente’ es un pecado en Venezuela) 

El documental desaprovechó un punto muy importante que esbozó la modelo Victoria Bozo al ser entrevistada: “el venezolano suele ser súper crítico con lo que es distinto. Aquí la mentalidad es muy cerrada y no está acostumbrada a ver algo que es distinto y no criticarlo.” ¡Bingo! Somos, lamentablemente con todo lo bueno y malo que tenemos, una sociedad que considera tácitamente lo artístico o cultural como despreciable, valora la viveza sobre el potencial mental, el dinero sobre el éxito laboral y que esboza el machismo como pilar social: una de las profundas raíces de muchos problemas como la discriminación de género, la homofobia, la desintegración del núcleo familiar, las madres solteras y adolescentes y el caudillismo político. Aquí, las mujeres reducen su dignidad por los hombres, hay canciones sumamente denigrantes y la masculinidad es extremadamente limitante (¿es que acaso el estilo de muchos europeos – heterosexuales – no es una “mariconada” en Venezuela? ¿Es que acaso no es “de jevas” el arte, la moda y la cultura?), etc.…

Aun así, el documental obvió este punto de suma importancia dicho por Bozo pues lo desvió a dos ángulos que resultaron tambaleantes en el mejor de los casos: el primero es mostrar la situación de la predominancia de un patrón de belleza que todos conocemos y la discriminación a “lo diferente” como algo meramente venezolano. ¿Es que acaso los patrones de belleza no son internacionales y globales? ¿No se pelea por las mismas causas, así consideres esto honorable e importante o ridículo y frívolo, en el resto del mundo? ¿Es que acaso las mujeres blancas, altas, muchas veces rubias, flacas y de senos y traseros grandes no dominan las industrias de modas en todo el planeta tierra? ¿Es que acaso la discriminación a base del físico – sin entrar en la discusión de si es válida en una industria de belleza o no – en las revistas y campañas del fashion no es un hecho global? Creo que la falla estuvo en hacerlo ver como un problema netamente venezolano y no como un problema internacional que tiene una mayor intensidad en Venezuela.  Se desvió el punto, de cómo en Venezuela hay un rechazo extremo a lo diferente, para dar una visión de que la dominancia de los patrones de belleza son prácticamente únicos de Venezuela (o al menos así hizo entender Daniela Benaim en una de las entrevistas).

El segundo punto es que dicha hostilidad tan extrema a lo diferente en nuestro país fue transfigurada en una historia de bullying personal – contada por Anabella Angelini – que no se le resta importancia, pero que desvía la mirada de la profundidad del problema: que la discriminación e incomodidad hacia lo diferente en Venezuela no es solo un caso de pertenencia en el colegio, tan común en todo el mundo, si no que abarca todos los ámbitos de la sociedad y su estructura con una profundidad preocupante; causando además que muchos espectadores tomaran este punto no como la denuncia social tan importante que pudo ser si no como una historia más de “chicos que somos diferentes pero nos encanta serlo y por eso somos cool” al estilo Glee o canciones pop de la vertiente Born This Way, Firework o We R Who We R.

¿Caracas, Ciudad de Despedidas 2.0? o de cómo ciertos ‘críticos’ no entienden la cultura, la diversidad ni la globalización

Meteré el dedo en la llaga: la colectividad venezolana, en parte desde sus orígenes pero agudizado exponencialmente por la revolución bolivariana, ha buscado la causa de sus problemas en orígenes externos y ha tratado de encontrar un sentido de identidad en un constructo sin mucha claridad llamado venezolanidad. Posteriormente, como un sentido de culpa restregado por toda la clase media gracias a la revolución, se ha hecho creer que el ámbito cultural – o cualquier ámbito en general – debe estar siempre ligado a los problemas sociales del país o a los sectores más pobres y marginados como lo son los barrios. Es una de las pocas cosas que exalto de Blue Label/Etiqueta Azul: ¡Basta de pensar que no hay otras realidades! ¡Basta de la apología del malandro en el cine! ¿Por qué digo todo esto? Por los comentarios tan ilógicos y llenos de victimización que he visto en la sección de comentarios del video.

 Willian Álava, otro de los fotógrafos líderes del proyecto.

Willian Álava, otro de los fotógrafos líderes del proyecto.

¡Han llegado a acusar el video de ser Caracas, Ciudad de Despedidas 2.0! Esto es una locura: ambos enfoques son sumamente diferentes. Los argumentos de estos críticos recaen en frases vacías y erosionadas de tanto uso en el país rojo como que los jóvenes del video son de un entorno de clase alta donde han crecido sumamente alienados de la realidad, que el estilo es el mismo estándar indie del exterior, que no se recalca la venezolanidad y que es un patrón estético europeo o anglo-sajón. ¿Entorno de clase alta? Los jóvenes del video provienen de trasfondos diferentes, gran parte de orígenes no suntuosos y teniendo muchas dificultades para lograr sus sueños y proyectos, y aun así ¿se tiene que ser de clase alta, en este mundo globalizado y dominado por el internet, para seguir corrientes y estéticas del exterior? ¿Y si fuese un grupo de clase alta, los hace menos venezolanos o menos dignos de hacer arte y dar sus opiniones y puntos de vista? Deja mucho que pensar sobre lo que ha dejado este proceso político en las cabezas. ¿Mismo estándar indie del exterior? ¿Venezolanidad? ¿Patrón europeo? ¡Vivimos en la era de la globalización! Es común que los mismos estilos y corrientes se repitan y se adapten por todo el planeta. ¿Qué exigen quienes braman, emocionalmente, por venezolanidad? ¿Palmeras, cuatro, arpa, maraca, arepas y turpiales o modelos vestidos como personajes de Casas Muertas y de Doña Bárbara? ¿Les molesta que algunos de los modelos (porque hay de todas las razas y formas) tengan ojos claros o sean rubios o de piel blanca? ¿Patrón estético europeo o anglo-sajón? ¿Es que acaso Venezuela no es una invención española con una religión con sede en Italia, un idioma de la península ibérica, una manera de vestir completamente occidental, un sistema político de origen griego y forma francesa? ¿Un país que depende de vender petróleo a Estados Unidos, donde se juega baseball como deporte nacional, se come perro caliente en las calles, queso (un producto del Viejo Mundo) en las arepas y cachapas y se toca arpa y cuatro (ambos, o al menos sus ancestros musicales, traídos por España). Además ¿no son sumamente caraqueñas las locaciones utilizadas en las fotos? ¡Dejen de tumbar estatuas de Colón y renegar nuestro origen hispánico! Mestizaje precisamente incluye en su composición a España (56% del ADN del venezolano común). Mucho pseudo-comunismo barato e ilógico tintando de ideología y de argumentos huecos a nuestra cultura contemporánea.

El boom cultural en la Venezuela revolucionaria (y quebrada)

Lo que más le aplaudo y celebro al documental es cuando Constanza Ramírez, una de las entrevistadas, dice que la crisis en Venezuela ha producido un boom en las artes y la cultura. ¿Cómo negarlo? Es cierto que la juventud nos seguimos sintiendo sumamente inconformes con nuestra estructura cultural, sus espacios y su producción (y ni hablar de la auto-complacencia y la falta de crítica) pero no podemos esconder que el ataque abierto a la cultura que hizo el chavismo (Sofía Imber despedida, la centralización de los museos, exposiciones de la vida de Chávez en estos, el Teatro Teresa Carreño como mercado de vegetales…), la búsqueda de la identidad nacional y del amor patrio que apareció en la crisis y el deslave económico reciente han hecho florecer una serie de espacios culturales que no existían en la añorada Cuarta República: Fundación para la Cultura Urbana (2000), Fundación de la Memoria Urbana (2000), Trasnocho Cultural (2001), La Escuela Foto Arte (2008), Festival Imaginarios (2008), Prodavinci.com (2010), la librería Lugar Común y la editorial (2012), Editorial Puntocero (2012), Centro de Arte Los Galpones (2013) Elestilete.com y su editorial (2015), el Festival Intercolegial de Humanidades (2015), el Centro de Investigaciones y Estudios Fotográficos (2016), la Revista Desorden (2017), entre muchos otros proyectos (algunos que ya venían desde los noventa, como RMTF (1993), pero que han crecido muchísimo en los últimos años). Además, el cine venezolano ha tenido gran éxito en los últimos años, la UCAB y la UCV han creado nuevas cátedras como Guionismo, Producción Editorial o Gestión Cultural y una cantidad de escritores venezolanos han ganado premios internacionales (Alberto Barrera Tyszka en 2006, Camilo Pino en 2010, Rafael Cadenas en 2015, Barrera Tyszka de nuevo en 2015, Yolanda Pantin en 2015, Rodrigo Blanco en 2016, Fedosy Santaella en 2016 y Michelle Roche en 2017) cuando históricamente nuestra literatura ha sido sumamente aislada. En las crisis, muchos lloran y otros venden pañuelos.

¿Existe el futuro? (o de cómo hacer futuro)

Uno de los puntos más importantes del documental es dicho por Daniela Benaim, al afirmar que hace falta más academia a nivel de moda, más formación a nivel de moda y más creación de parte de los diseñadores. Este es el cáncer de todas las artes y las industrias de diseño en nuestro país: no tenemos medios culturales de distribución y divulgación y a nivel académico el país sufre una escasez aterradora. Necesitamos mejores profesores, cátedras, academias e institutos que rompan con la dictadura del mal gusto y que no teman en ir más allá, que puedan instruir y crear nuevos artistas y diseñadores como se haría en cualquier otro país, que rompa el aislamiento cultural venezolano, que puedan traer las corrientes internacionales a Venezuela y que se encarguen de desterrar – a través de los nuevos talentos – a esos intentos de artes plásticas, diseño editorial, publicidad, diseño gráfico, etc. que pululan en nuestras revistas, portadas de libros, canales de televisión o galerías de arte (lo cual no significa que no haya material esplendido, pero que lamentablemente es una minoría – en especial en las áreas del diseño). Al igual que Benaim, soy sumamente optimista y creo que las generaciones jóvenes – en especial ahora que muchos venezolanos han sido instruidos con los beneficios de importantísimos institutos y universidades en el exterior – van a ser los heraldos de las nuevas corrientes estéticas en el país, de las industrias de diseño y de los medios divulgativos y distributivos de arte y cultura. ¿Qué mejor muestra de la falta de divulgación que el hecho que este proyecto ha sido escasamente reseñado? ¿Qué haya aparecido en Vogue Italia pero en apenas dos medios venezolanos?

Aun así, sentí una vertiente de derrotismo en muchos de los entrevistados. ¿Por qué no creer en el futuro, si ellos mismos lo están haciendo ahora? ¿Por qué no proponer ideas y soluciones por muy descomunales y grotescos que sean los problemas? Los jóvenes del proyecto, o cualquier joven en Venezuela, no deben dejar de seguir sus sueños e intentar que lleguen a la existencia. El futuro del país – en especial a nivel cultural y artístico – depende en gran parte de nuestra generación. Precisamente, el hecho que estén trabajando en estos proyectos de excelente ejecución y propuesta diferente habla en tiempo presente de un cambio: habla de que aquel futuro soñado, aquellos problemas planteados por Benaim que debemos resolver, está en las manos de los jóvenes – 0212, millenials/generación Y, generación Z, como quieras decirles – y precisamente de aquel ímpetu por resistir, crear, y más que nada cambiar (¡!) que tiene dicha generación (tanto el cohorte mostrado en el documental como los demás grupos) en Venezuela.

Por eso (y creo que aquí ya rayo en un consejo) los jóvenes, más allá de sentir derrotismo por las dificultades que los rodean, deben caer en cuenta que el futuro sí es real: porque está siendo creado por ellos mismos ahorita. Deben caer en cuenta que mientras mantengan – mantengan no, mantengamos – ese ímpetu por crear un país mejor (y aquí incluyo a todos los jóvenes, no solo aquellos del arte y la cultura), este podrá plasmarse en la realidad. De la juventud, de estos grandes sueños, dependerá el resolver los grandes problemas actuales y reformar la cultura – y el país en casi su totalidad –  a través de esas visiones sublimes que actualmente nos seducen en nuestras fantasías.

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Fotos del proyecto (haz click en la imagen para ver la siguiente y ábrela en otra pestaña para verla completa):

Quiero un presidente

Quiero un presidente que haya sido arrollado por una tanqueta. Quiero un presidente que haya sido preso por disentir. Quiero un presidente que haya sido torturado por informar o expresarse. Quiero un presidente que haya sido abatido por una bala o un perdigón o una bomba lacrimógena. A una anciana asfixiada por gas o a una mujer cuyo marido ha desaparecido. Quiero de presidente a una madre que llora por su hijo asesinado o a un enfermo que muere sin medicinas o a una víctima del cáncer que se suicida a falta de quimioterapia o a una embolia o a una hemorragia o a un derrame. Quiero de presidente a una persona que muere de hambre, a un niño que se desmaya sin pan, a un hombre que escarba de la basura, a una madre que no consigue alimentos para sus hijos o a una persona forzada a estar en una cola. Quiero de presidente a un joven que emigra ante un empuje o a un padre que sufre por su descendencia en tierras distantes. Quiero a un ex-pdvsa. Quiero a un indígena envenenado por el mercurio en los ríos. Quiero de presidente a una víctima de los colectivos o de los pranes o de las mafias fronterizas o de la guerrilla o de las fuerzas armadas nacionales. Quiero a un hombre víctima del hampa o a una mujer víctima por el hampa. O una persona secuestrada. Quiero de presidente a un joven violado con un fusil  o a una mujer obligada a comer gusanos por abuchear a la esposa de un político. Quiero de presidente a un comerciante que ve su tienda saqueada o a un empresario que le han quitado todo o a un hacendado famélico. Quiero de presidente a una reina de belleza asesinada. Quiero a un rico demonizado o a un clase-media devuelto a la pobreza o a un pobre sumido en la miseria. Quiero a una directora expulsada de su museo. Quiero de presidente a un joven privado de su futuro o un profesional privado de su progreso o un trabajador privado de ascender. Quiero de presidente a una ciudad que llora o a un país que le disparan.  Quiero de presidente a una protesta, a un medio censurado o a un preso político. Quiero de presidente a un mártir. A un disidente. A un rebelde. A un discriminado. A un marginado. A un pisoteado. A un oprimido. A un reprimido. A un escupido. Quiero de presidente a una víctima. A un creyente o a un luchador. Quiero de presidente a un futuro o a un grito de libertad. Quiero un presidente que sueñe. Quiero a un sueño de presidente.

Quiero un presidente (inspirado en la obra de Zoe Leonard)

Tony Frangie Mawad

2017

mi Twitter es @TonyFrangieM

La Generación de los Sueños

Hace unos días, mi mejor amiga me mandó un voicenote. Estaba llorando. Me dijo que uno de sus amigos cercanos, el mismo de su foto de perfil, había sido asesinado por la Guardia Nacional. Nuestra generación, aquellos nacidos en los noventas y principios de los dos mil, nos ha tocado duro. No solo a nivel económico (que ya es mucho), si no a nivel social y político. Somos una generación que crece sin libertad y no en un sentido simplista de la palabra: es como estar secuestrados, acorralados, o enjaulados por un Estado hostil y omnipresente (además de omnipotente) que pareciese alimentarse de la miseria y desgracia colectiva de sus ciudadanos. Somos una generación a la que le han troncado los sueños; nos han llenado de balas y sangre, nos han dicho que el futuro no existe, nos han enfrentado entre compatriotas, nos han forzado – casi empujados – a irnos a tierras lejanas y nos han hecho entender que no importamos; que solo vale esa oligarquía corrupta y fétida que tanto delira con Fidel pero viste Louis Vuitton y que duerme sobre un pozo (ahora charco) de petróleo. En fin, somos una generación dolida y violentada. ¿Pero somos solo eso? No. Somos una generación que con cada golpe, cada disparo, cada exilio y cada bomba, levanta la cara y sonríe porque sabe que el futuro – a pesar de lo que nos dicen los gobernantes – si existe. Y es por eso que somos la Generación de los Sueños, la que sabe que es posible crear un país mejor donde hay espacio para todos. Porque eso es Venezuela: una tierra de caras y mentes diferentes que en su diversidad hacen la belleza física y espiritual de este país. Muchos lo llaman 'país de mierda', pero ¿como decirle así a un país donde florece sin que sea primavera, donde la felicidad perdura en malos momentos, donde todo es un abrazo y un 'mi amor', donde jamás te sientes solo, donde abunda el calor humano y donde las guacamayas te cantan cada mañana? ¿Un país que fue el primero en abolir la pena de muerte, que tiene a Rómulo Gallegos, Cruz Diez, Yolanda Moreno, Carlos Raúl Villanueva, Uslar Pietri, Convit, Fernández Morán y un sin fin de mentes ilustres más? Es por ese país que luchamos. Porque creemos en su futuro y creemos que hay un paraíso detrás del lodo, como cuando Santos Luzardo le enseñó a Marisela su propia belleza. Esto no es 2014: en las calles están todas las edades, clases sociales y trasfondos posibles. Ahora somos un solo país que, tras tanto dolor y ofuscamiento, finalmente entendió su identidad y que, si todos ponemos de nuestra parte o de nuestra ayuda, va a salir de esta pesadilla muy pronto. Vamos a crear país, vamos a demostrar que el futuro es real. Por eso les pido a todos: sueñen con esa Venezuela futura que vamos a construir, esa Venezuela que mi generación hará suya y le dará a sus hijos. Sueñen con ver a Caracas limpia y segura, con ver a los jóvenes hacer vida aquí, con democracia y justicia, con cultura y museos, con un piso de Cruz Diez que sea de bienvenida y no de adiós. Sueñen con una Venezuela libre: porque los sueños se cumplen y porque por ellos se lucha.

 

 

Despedida a Mamarie

 Marie Antar de Mawad

Marie Antar de Mawad

Cruzaste mares profundos; dejando en tus memorias las tierras de arbustos espinosos, olivos, iglesias de piedra y puertas azules de donde provenías. Eras cedro del Líbano. Llegaste a esta nación extraña y nueva, de árboles de hoja ancha y sol ácido, en la cual sembraste tus raíces y dejaste tus semillas. Este era un lugar alienígeno con plantas extrañas, rostros diferentes, verano eterno, comidas nuevas y palabras desconocidas para el oído. Aún así, hiciste a Venezuela tuya. Dejaste un país que conocía el rostro grotesco de la guerra y te enamoraste de este paraíso (como siempre lo llamabas) que te recibió en sus puertos: por eso te fuiste sin jamás perdonar la destrucción de este santuario tropical que fue tu segunda nación. En él, te entregaste a tu esposo, a tus hijos y a tus nietos con todo la irradiación de tu fervoroso amor incondicional, con tu cocina inolvidable de sabores delirantes para la lengua y con tu manera tan característica – tan propia – de ser. En tu cuarto, que ahora yace vacío y donde tu campanita multicolor ya no resuena, pesa el silencio que ha reemplazado tus chistes y comentarios. El vacío pulsa y la imagen de la Virgen María, con un ojo turco colgante, observa; silenciosa. Moriste por amor. Apenas mi abuelo se fue, la pasión que los conectaba te jaló lentamente – pues era una cuerda invisible – hacia donde él estaba. El amor por Papaemil, te robó – con dolor físico – toda tu energía hasta que pudiste, finalmente, ver su rostro una vez más. El día que partiste (cuando tu mejor amiga, entre lágrimas que le enjuagaban la mirada, gritaba desgarradoramente que habías sido madre, hija y esposa de todos) abundaron los frondosos ramos tropicales con condolencias escritas y los incontables rostros de diferentes épocas y orígenes que vinieron a darte un último adiós. Eras adorada, y toda persona adorada es de extrañarse agudamente. Tu propulsión fue aquel amor por tus hijos, fue la lucha para darles oportunidades que tú no pudiste acceder – fue alejarlos del agrio sabor de la desolación en la que te criaste. Tu existencia era pasión. Tus manos estaban desgastadas, rugosas, de tanto cocinar; de tanto aceite, tanto hielo, tanto moler y tanto cortar. Incluso al final, en aquel cuarto de colores opacos, eras un símbolo de fuerza y orden. Ay Mamarie, ¿Cuántas veces los doctores no se explicaron tu victoria sobre el cuerpo frágil que, supuestamente, no pasaría la noche? Te llamaron toro, como las cabezas de aquellos dioses monstruosamente hermosos que adoraron tus ancestros. En fin, bello animal que vence los arduos obstáculos y se defiende de los flechazos ensangrentados en su lomo. Ahora brillas distante (como siempre lo hicieron tus ojos azul cielo), más allá de la tormenta roja de Júpiter y de los nimbos de estrellas, iluminando el camino para tu larga descendencia. Estarás eternamente con tu gran amor, Papaemil, y acompañándonos a nosotros todos. Solo me queda darte gracias. Gracias infinitas por todo, Mamarie. Gracias. Te amo un mundo y te vamos a extrañar.

Cuando nos creíamos la última coca-cola del desierto (resentimientos de ayer y hoy)

 La caída de Ixión (1588) - Cornelis Van Haarlem.

La caída de Ixión (1588) - Cornelis Van Haarlem.

           En la Era de la Información, los comentarios en las redes sociales son la voz del pueblo. Con la democratización de la opinión, todos pueden expresar sus pensamientos y sentimientos a través del internet. La historia ahora está fosilizada en las secciones de comentarios de cada artículo y noticia. Debido a esto, creo que los comentarios bajo las noticias de venezolanos cruzando masivamente a Colombia son oro.

            La disputa entre venezolanos y colombianos probablemente data del año de la pera, pero se agudizó durante la década de 1970 y principios de la década de 1980. En ese entonces, cuando nos llamábamos a nosotros mismos la Venezuela Saudita, el país experimentó altos niveles de prosperidad económica y desarrollo. Atraídos por el brillo del petróleo, miles de colombianos y peruanos (entre otros andinos) acudieron en tropel a Venezuela. Su llegada no fue tan bien recibida como la de previas migraciones europeas y levantinas. Insultos como “colombiches” fueron aplicados a los colombianos y “cotorros” a los peruanos, gente que en su mayoría había sido contratada para trabajos domésticos y mano de obra barata y que se habían asentado en los barrios en torno a las ciudades. El desprecio que muchos venezolanos sentían hacía ellos no es secreto.

            Mi mamá, como la mayoría de sus compañeros del bachillerato, es hija de inmigrantes. Aun así, ella recuerda como uno de sus compañeros de clase era de origen colombiano y, debido a esto, era la burla de la clase. Los hijos e hijas de venezolanos y extranjeros le hacían ‘bullying’ a su compañero – y lo hacían sentir inferior – solo por ser colombiano. Según ciertas voces de aquella generación, el crimen y el narcotráfico se multiplicaron increíblemente en Venezuela por la llegada de los colombianos. “Todo el crimen era cometido por ellos”. No sé que tan certeras sean estas afirmaciones pero el prejuicio de que los inmigrantes colombianos eran importadores de violencia, crimen, prostitución y narcotráfico es fuerte. Hay gente que incluso los culpa por la aparición de las bendecidas y afortunadas. ¿Suena familiar no?

            Venezuela se veía a si misma como una tierra rica de reinas de belleza, petróleo y viajes de shopping de fin de semana a Miami y a Disney World que tenía un vecino pobre infectado con la FARC, prostitución, miseria y narcotráfico. Aun recuerdo cuando visitamos Bogotá a mediados de los años 2000 – ya el derroche petrolero acabado hace mucho y la revolución bien instalada – y mi hermana recalcó lo pequeñas que eran las cucharas en el Mcdonald’s bogotano comparado con el Mcdonald’s en Caracas. Ahora no tenemos Big Macs.

            Las cosas cambian para bien y para mal, dependiendo de en cual país estés parado. Ya sabemos la historia de lo que pasó con Venezuela. Con la reapertura de la frontera colombo-venezolana, cerrada hace un año por el presidente Maduro, cientos de miles de venezolanos han cruzado a Cúcuta – estilo éxodo – para comprar comida. La multitud hambrienta prácticamente ha llevado consigo la escasez pues varios productos quedaron fuera del inventario los primeros días. Las vueltas que da la vida.

            La percepción – entre compatriotas y también entre naciones – cambió también. La obsesión de #GraciasColombia hubiese sonado como un chiste ridículo a los baby boomers en sus años jóvenes. Y ahí es donde encuentro la preciosidad de los comentarios en Facebook: el lado oscuro que los medios no muestran. Hay resentimiento colombiano – y mucho. Es simple: muchos colombianos no perdonan el desprecio que recibieron en el pasado y ahora ven el final de nuestra historia con un sentido de justicia divina y hasta de schadenfreude. Solo lean algunos comentarios:

  249 likes.

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            La población venezolana ha interpretado al chavismo, como cualquier otro gran evento social a nive universal, a través de unos lentes casi-mitológicos repletos de moralejas. Lo vemos en diferentes narrativas: Chávez murió porque era arrogante y jugó a ser dios – llamando a la muerte y desenterrando a Bolívar; Chávez llegó al poder porque Dios envió a alguien a destruir a Venezuela para que así pudiésemos aprender a amar a nuestra tierra; Chávez es un mesías que vino a salvar a los pobres del yugo de la oligarquía; etc.…   Ahora tenemos la narrativa moralista más nueva – con los mismos matices de la historia de Moisés – y esta no viene de nosotros, si no de los colombianos:

            Los venezolanos eran prósperos pero soberbios y déspotas. Despreciaban y maltrataban a colombianos inocentes. Eventualmente, Dios castigó su soberbia con hambre y enfermedad. Los venezolanos, caídos en desgracia y karmáticamente gobernados por el más tonto de los colombianos, miserablemente pidieron por comida en la ahora prospera Colombia donde la benevolente y clemente gente recibió a los humillados venezolanos con comida y riquezas.

            Estamos en las filas de Adán y Eva, la Torre de Babel, Atlantis, Arachne y Lucifer. Nuestra historia es una de hibris: somos el Prometeo de la América Latina post-neoliberal. 

 

 

Yo nací en esta ribera...

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Venezuela está padeciendo una grave enfermedad que es destructora y es desmoralizadora. Nos necesita más que nunca. A pesar de los percances, yo tengo fe de que el país se levantará de su lecho de muerte, esgrimiendo un tricolor de siete estrellas, y romperá sus cadenas paa iniciar una nueva época. Firmemente, creo que el camino que iniciamos hace ya unos años sigue en pie y que aunque estamos en la madrugada más oscura de Venezuela - en el sótano de su historia - el amanecer está por acontecerse. La Tierra de Gracia va a enjuagarse sus ojos llenos de sangre y de dolor para ver el regreso de millones de compatriotas expatriados que con sonrisas en sus rostros regresan por una Maiquetía cuyo suelo multicolor ya no será símbolo de despedidas - si no de reconciliación.