Charlotte Soutou de Roye: De clanes y emprendimientos

Charlotte Soutou de Roye fotografiada por Adrián Diaz.

Charlotte Soutou de Roye fotografiada por Adrián Diaz.

“[en Venezuela] no se tocaba a nadie, no se faltaba el respeto”, dice Charlotte Soutou de Roye (n. 1927) refiriéndose al país cuyos puertos y cocoteros le dieron la bienvenida en enero de 1954, con apenas cuatro meses de casada y ya esperando a Rodolfo, su primer hijo. “Había orden ¿Y ahora?”

Elegante y bien peinada – con labios y uñas de vibrante rojo y un anillo destellando en su dedo –  me llama “mi amor” con un acento árabe afrancesado y suelta risueñas carcajadas. Desde bocinas escondidas en el celaje de su apartamento en el noreste de Caracas, una melódica música instrumental suena sobre la decoración rococó orientalizada – estilo típico de cierta generación de libaneses – de la sala.

“Nosotros éramos de buena posición” dice Charlotte, nacida en el seno de los Soutou, una familia provincial afluente; dueños de un hotel homónimo cercano al Midan (la plaza central) de Ehden – pueblo veraniego de Zgharta, enclaustrado en altísimas montañas nevadas. Hoy, incluso, su opípara casa de infancia sirve como sede de la gobernación del Distrito de Zgharta. Aun así, Charlotte recuerda la vida en su pueblo norteño, porque “era dura, no era fácil. Para comer cuesta.”

La posición económica de los Soutou le había brindado al padre de Charlotte cercanía a los Frangieh, “locos, pero inteligentes, que salieron a mandar” – una familia política ascendiente en el pueblo desde finales del Imperio Otomano – durante los años parlamentarios de Hamid Beik Frangieh y la presidencia de Suleiman Frangieh, primer presidente libanés nacido en Zgharta. De esta amistad familiar, Charlotte recuerda a su padre – apodado Abu Joud – reuniéndose en su hotel con los líderes Frangieh y discutir las crecientes tensiones entre los libaneses cristianos con la población musulmana y también con el naciente Estado de Israel.

Del romance de los Soutou con la política local de donde devino la muerte prematura de Joud, hermano mayor de Charlotte, que perdió la vida en la masacre de Miziara de 1958: cuando el clan Frangieh se enfrentó, durante una misa, con el clan Douaihy. “Después vino la guerra”, dice Charlotte sobre aquel sangriento conflicto civil y su plétora de ocupaciones extranjeras que después despedazaría al Líbano, “¿Y que hizo?”

De la mano de su otro hermano, Tony, Charlotte conoció a Fayad Barbar Abi Raye (renombrado Fidel Roye en Venezuela, n. 1911), un joven que volvía en su adultez al Líbano y quien sería su esposo hasta su muerte en agosto de 1995. Fayad había nacido en Marsella, durante una escala del barco transatlántico que se dirigía a la Venezuela agraria de principios de siglo y en el cual emigraban los Abi Raye; familia oriunda del cercano pueblo de Arbet Kozhaya, conocido en aquel entonces por su manicomio y que recibió su nombre de un antiguo monasterio baladita en honor a San Antonio, enclaustrado en los escénicos montes de piedra del valle santo de Qadisha.  La madre de Fayad – Sultanna, renombrada Catalina al llegar a su nueva patria – enviudó de las manos rugosas de la tragedia: de ocho hijos, solo Fayad y su hermana Asme sobrevivieron a una mortífera epidemia que dejó a la hija restante sin audición. Fue así como los restos de la familia se establecieron (comerciando ropa de niños) en la Esquina Madrices a San Jacinto, en el casco histórico de aquella Caracas gentil de mercados de flores y ponchos tejidos que aún no se hacia metrópolis.

Tras deslizarse por las calles reconstruidas de la Paris y Venecia de la posguerra, en su luna de miel de tres meses, los recién casados Roye arribaron en Caracas y se establecieron en la casa familiar, cercana a la Catedral del Corazón de Jesús en el centro de la ciudad, junto a Asme, Catalina y los primos de Fayad: Ana y Agustín Salomón, “gente culta y respetada.” Tras varios años en el nuevo seno familiar – en una Caracas cuyas casonas coloniales se hacían rascacielos de metal y vidrio – los esposos Roye emprendieron mudanza a una nueva casa en la parroquia de Altagracia, igualmente en el centro de la ciudad. Allí, Charlotte – como retirándose un velo de noviazgo – dejó entrever su vena emprendedora. Recuerda sus proezas empresariales y sus emprendimientos comerciales. “Yo vengo de una familia muy activa”, me dice sonriendo.

“Ella siempre quiso hacer más cosas”, afirma su hija Sandra junto a ella en el sofá, “pero mi papá era reservado, pacífico.” Fue así como Charlotte y Fayal establecieron una compañía de carros de alquiler y servicio de choferes, en cercanía a la Plaza Bolívar de un centro ahora urbanizado y automovilístico, donde se ganó la fama de ser “emprendedora” y “comerciante”: hasta aprendió a manejar por cuenta propia. Incluso, tras una neumonía que dejó a Fayad hospitalizado por seis meses a mediados de los sesenta, Charlotte – además de encargarse de la salud y el cuidado de su esposo – dirigió por si sola los asuntos domésticos y empresariales de la familia, ahora de cinco hijos. Para Sandra, Charlotte es ingeniera de corazón.

A principios de los años ochenta – finalizando la Venezuela Saudita y con un centro cambiante presionado y mordisqueado por los cambios de una ciudad extenuada – los Roye vendieron su alquiler de automóviles y emprendieron su siguiente mudanza; esta vez hacia Las Palmas, urbanización en los costados de la Avenida Libertador y repleta de edificaciones neobarrocas donde vivió hasta el fallecimiento de Fayad. Así, junto a la quinta vecina en Altagracia – que compró a la familia Bouquet, Charlotte transformó su antiguo hogar en una pensión. Por años la Electricidad de Caracas quiso comprarlas, para extender su sede, pero tía Charlotte resistió: hasta hoy, recibe ingresos de estas.

Su mayor orgullo es que sus cinco hijos son profesionales universitarios, resultado de un país que alguna vez coqueteó con el proyecto de la modernidad pero que ahora trata de despedazar sus propios frutos: su hija Sonia, abogada penalista, fue magistrada hasta su suspensión por el gobierno autocrático de Hugo Chávez mientras que Tony y Nelson emprendieron una empresa de exploración y explotación petrolera que prestó servicios a PDVSA hasta la purga bolivariana en 2003. Rodolfo es ingeniero civil y Sandra es odontóloga prostodoncista. De sus hijos, Charlotte se enorgullece de tener nueve nietos y cuatro bisnietos. “Hay que estudiar”, me dice sentada en su sala – con la sinfonía aún sonando – antes de hacerme otra de sus típicas preguntas retóricas e inquirir con su mano de uña rojas, “ Ser bruto: ¿pa’ qué?”