Entrevista a Eduardo Sánchez Rugeles, autor de Blue Label/Etiqueta Azul

 El sueño de Eugenia Blanc. 

El sueño de Eugenia Blanc. 

Desesperanzada y hastiada con la Venezuela contemporánea, Eugenia Blanc – una caraqueña de clase media – solo tiene un sueño: ser francesa. Su empeño por obtener la nacionalidad de su abuelo la embarca en un inusual road trip por los grotescos paisajes de su país revolucionario, descubriendo el proceso agridulce de convertirse en adulta, en la novela debut del escritor venezolano Eduardo Sánchez Rugeles (1977), Blue Label/Etiqueta Azul (2010).

 Blue Label/Etiqueta Azul catapultó a Sánchez Rugeles – que tenía tan solo 33 años – a la fama literaria cuando la novela ganó el Premio Iberoamericano de Literatura Arturo Uslar Pietri. Sería el primer premio de varios que el autor ganaría al publicar obras posteriores. La novela ha cautivado a los lectores, especialmente al público joven (al punto que es lectura requerida en algunos cursos de bachilleratos y clases universitarias), por su cruda visión de los años más hegemónicos y despilfarradores del chavismo (de ahí el título) y de la significancia que el tema central – el destierro voluntario, la emigración venezolano – adquiere cada día más. Los sueños de Eugenia, de escapar de una Venezuela despedazada y caníbal con su gente, resuenan y se multiplican diariamente en la juventud venezolana. El éxito de la novela logró que, para 2014, esta numerara un tiraje de 10.500 copias; un número considerable en el mercado venezolano. No sería exagerado hablar de Sánchez Rugeles como un bestseller del mercado local.

Sánchez Rugeles estudió Filosofía y Letras en la Universidad Central de Venezuela con la intención de que su vocación fuese la académica. Posteriormente, trabajó como profesor de educación media en el colegio San Ignacio de Loyola (en Caracas), sirviéndole esta experiencia como inspiración para su obra debut. Desde hace más de una década, vive en Madrid – desarrollando su carrera en la distancia y escribiendo sobre el exilio desde la óptica de su experiencia personal como emigrante venezolano.

Tony: Eres uno de los pocos autores venezolanos que ha tenido el atrevimiento de hablar desde el punto de vista de la clase media caraqueña del tipo publicidad navideña de Plumrose/publicidad Mavesa. ¿Consideras que la clase media/alta, su mundo y visión, ha sido demonizada o convertida en tabú?

Eduardo Sánchez Rugeles: Sin duda, bajo los parámetros sociológicos de la Revolución, la clase media ha sido satanizada. No es un tabú, se habla de ella pero en términos peyorativos y excluyentes. La clase media, según este modelo político, es el mal, pero, en sentido estricto, no creo que esta estigmatización se trate de un fenómeno reciente. El chavismo, claramente, profundizó esa lectura negativa, pero esta visión estaba muy arraigada en el imaginario estético latinoamericano desde los años sesenta. No es un fenómeno exclusivo de Venezuela, lo que pasa es que nosotros tuvimos el infortunio de llevar a Chávez a la presidencia. No creo que seamos pocos los que le hayamos dado la palabra a la clase media, lo que ocurre, quizás, es que no hemos tenido suficiente visibilidad. Al no encajar en el paradigma imperante, al no caer en el tópico marxista de la lucha de clases y apostar por esencialismos sociológicos, puede que nuestro trabajo haya pasado desapercibido. En ese sentido, puede que “Blue Label” haya tenido suerte y haya aparecido en un momento en el que la clase media necesitaba quitarse de encima algunas etiquetas.

T: ¿Qué te llevo entonces a hablar de ese estrato socioeconómico, a meter el dedo en la llaga?

ESR: No hubo una intención específica de meter el dedo en la llaga, nunca vi esa llaga. Simplemente, traté de hablar de contextos y situaciones que me resultaban familiares, de entornos que conocía. No tengo experiencia vital de la riqueza, de la opulencia de las clases altas, pero tampoco tuve una experiencia directa de la pobreza extrema; por lo que mis referentes siempre estuvieron ligados a eso que, a veces de manera deportiva, llamamos clase media.

T: Esto se insinúa en parte en el prólogo (escrito por Alberto Barrera Tyszka) de Blue Label/Etiqueta Azul, pero ¿tú consideras que cierta frivolidad o ignorancia de las clases medias y altas venezolanas hacia otras realidades ayudó a la llegada del chavismo al poder o al dominio tan carismático y hegemónico que tuvo la Revolución Bolivariana? 

ESR: La llegada del chavismo al poder es un fenómeno más complejo. Justificar el ascenso de Chávez por cierta frivolidad o ignorancia de la clase media podría resultar oportunista, insuficiente e incierto. El desgaste del discurso de los partidos políticos tradicionales es un argumento esencial. Muchas de las denuncias que hizo Hugo Chávez en 1998 en su campaña presidencial, referidas a la corrupción de esos partidos y a la falta de empatía de las dirigencias con el pueblo, fueron legítimas y, en gran medida, realistas. Antes que hablar de frivolidad o ignorancia, preferiría hablar de ingenuidad. La clase media fue ingenua al creer que un militar golpista tendría la entereza moral y la inteligencia política suficiente para confrontar un país con dificultades económicas y sociológicas tan serias como las que tenía la Venezuela de finales del siglo XX.

T: ¿Has visto el controversial video Caracas, Ciudad de Despedidas? ¿Qué opinas del video? ¿Te parece que la reacción fue proporcional? Llama la atención como en los últimos años ha sido parcialmente redimido en las redes sociales, incluso con memes.

ESR: En su momento lo comencé a ver, pero lo quité porque me aburrió. No le di importancia, horas más tarde supe que era un escándalo mediático. La reacción, efectivamente, me pareció desproporcionada y grotesca. Muchas personas descargaron sus frustraciones, iras, malestares y pesares en el trabajo escolar de ese grupo de chamos. La indignación popular me sigue pareciendo kafkiana. Recuerdo que, en esos días, el magistrado Aponte Aponte acababa de hacer unas revelaciones graves sobre el funcionamiento del Tribunal Supremo de Justicia; esa semana, además, un grupo de presos alzados tomó el reten de la planta y comenzaron a disparar contra la autopista. Había una serie inmensa de argumentos para indignarse y cuestionar el estatus moral y el fracaso político de la vida venezolana, pero el desahogo le tocó a estos pobres carajitos que, incluso, llegaron a recibir amenazas de muerte. Conozco a algunos de ellos, les di clases en bachillerato. Algunos, en privado, reconocieron cometer un error al prestarse a participar en ese corto, pero nunca imaginaron que aquella tontería se convertiría en un fenómeno viral. También fueron ingenuos. Como tantos, como todos.

T: Hablemos de Blue Label/Etiqueta Azul. ¿De donde surgió la idea, cual fue la inspiración?

ESR: Sin duda, mis años como profesor de Educación Media. Comencé a redactarla cuando me mudé a Madrid y, enfebrecido por la nostalgia, comencé a tomar algunas notas sobre mi experiencia docente en las aulas de bachillerato.

T: ¿Por qué razón tus personajes llegan a ser tan disfuncionales y en momentos hasta misántropos, causando cierta falta de empatía en los lectores?

ESR: No lo sé. Supongo que es el tipo de personaje que me gusta, tanto en cine como en literatura. La gente simpática, encantadora, adorable, nunca me ha resultado muy atractiva (hablando en términos estéticos). Siempre he sentido una curiosa preferencia por los raros, por los extraños, por los outsiders. Mientras más chocantes resulten, mejor. 

T: A través de la obra, hay una tensión musical entre ese bubblegum pop latino, tan en boga en los años que transcurre la novela, que Eugenia disfrutaba y el gusto por el rock americano de décadas previas de Luis. Me parece sumamente interesante, considerando que en América Latina hemos presenciado en los últimos quince años una tensión (ejemplificada por la letra de “Atrévete” de Calle 13) de trasfondo social entre la música más “fresa” (RBD, Belinda, Thalia, Shakira, Enrique Iglesias, etc.…) y la música más “urbana” (el reggaetón, el trap, la bachata, las fusiones urbanas) al punto que hoy en día pareciese que el pop latino ha sido diezmado y la brecha es entre un reggaetón suavizado (Maluma, J Balvin, etc.) y una corriente más reaccionaria y cruda. Ahora, la brecha entre Eugenia y Luis nos habla más bien de una tensión cultural entre la cultura musical del primer mundo y su adaptación en nuestros países (el pop). Háblame de esto.

ESR: Luis tiene mucha influencia anglo y sí, puede que sienta desdén por la música latinoamericana, su actitud es muy intensa y juvenil, inmadura en ese sentido. Eugenia, por su parte, no tiene una política musical, ella oye lo que le pongan en la radio, lo que sea popular, lo que suene más en la emisora de turno. Adora el mainstream y ni siquiera sabe que los entendidos, a eso lo llaman mainstream, no le importa, no se complica. Honestamente, nunca me lo planteé como una tensión cultural, simplemente, traté de encontrarle aficiones musicales a mis personajes según sus visiones del mundo. 

T: En retrospectiva, ¿se puede considerar a Luis Tévez y su grupo como hipsters?

ESR: No lo sé. Nunca he sido dado a las etiquetas, me resultan insuficientes. Además, hipster es ese tipo peculiar de etiqueta que, según el contexto, puede cambiar su significado, cada quien entiende lo que quiere. En sociedades como la venezolana ese tipo de categorías sociológicas resultan insuficientes y fallidas. Caracas puede modelar, por ejemplo, un hipster-mono-emo-wannabe sin que eso resulte contradictorio. La locura de la ciudad lo hace posible. 

T: En un capítulo del libro, Luis y su grupo hablan de una apología del malandro que parece dominar el cine venezolano y otras áreas culturales. Háblame de esto.

ESR: Durante mucho tiempo, imperó el modelo de un cine de barrio, o cine miseria, en el que los roles protagónicos recaían en delincuentes. Pienso en la obra de Clemente de la Cerda (Soy un delincuente, El reincidente) o en muchas películas de Roman Chalbaud. Los personajes, probablemente (recuerda que ellos son libres) se referían a esa tradición. 

T: Pareciese haber un tema de decadencia, incluso en un nivel visual y lingüístico, en el ambiente de la obra. Edificios venidos a menos con sex shops, hoteluchos, autopistas plagadas de accidentes de tráfico, televisión basura, corrupción y derroche, familias divididas, una jerga plagada de palabras vulgares y obscenas… ¿Es esta Venezuela hoy en día? ¿Fue intencional el sentido de decadencia al punto (excelentemente logrado) que abruma? ¿Puede haber belleza en la decadencia?

ESR: Blue Label se redactó durante el otoño de 2009. Imagino que la decadencia que describen sus páginas, si se compara con la Venezuela de 2017, ha de parecer como una Edad Dorada. Sí, hubo una intención clara de registrar ese hundimiento, ese desgaste de los referentes urbanos. Para la Revolución, la decadencia es una política de Estado y, efectivamente, creo que la literatura es una buena herramienta para dejar constancia de todo aquello que parece estar condenado a desaparecer. Sobre la belleza, puede haber belleza en la memoria que evoca aquello que ha desaparecido, que se ha perdido, que ha dejado de ser. El objeto per se, el mundo destruido, puede ser horrible y degenerado, pero la mirada que lo percibe, en su humanidad, en su evocación, sí puede estar empapada de belleza.

T: Un leitmotiv del libro es la canción de Bob Dylan “Visions of Johanna”. En un momento, un personaje remarca que Johanna es un nombre en hebreo para el infierno. ¿Acaso la canción representa ver a esa Venezuela decadente, que inicia en Caracas pero se expande hacia un interior desolado, como las visiones del infierno?

ESR: La canción me gusta mucho, algunas de las correspondencias entre sus versos y la historia como tal son producto de la fortuna, del azar. No la elegí con una intención concreta de decir esto o aquello. Musicalmente es muy Luis y por eso está ahí. Lo de Johanna como nombre hebreo del infierno debo haberlo leído por ahí en algún blog o en alguna biografía de Dylan, pero no deja de ser una curiosidad.

T: Leí la obra hace dos años, cuando estaba en Quinto Año, y siempre discutía con un amigo sobre su significado: para mí, Blue Label/Etiqueta Azul concluye en que Venezuela es “un país de perdedores” (como decía el padre de Eugenia) sin futuro ni posibilidades. Una visión pesimista y hasta malinchista. Para mi amigo, el libro representaba lo contrario: Eugenia tuvo el único momento feliz de su vida al inmiscuirse en la verdadera realidad venezolana y solo consiguió alienación y tristeza al cumplir su sueño de emigrar. ¿Nos podrías dar un poco de claridad?

ESR: Me gusta dejarle libertad a los lectores para que elijan la interpretación con la que más se sientan a gusto. La interpretación habla más de ti como lector, que de las intenciones del autor. Creo que tienes razón al ver la historia cómo la ves, pero tu amigo también tiene razón. Esta Venezuela, de la que huyó Eugenia, es muy perversa, asfixia, maltrata, hace daño, duele, pero también tiene una cara oculta que es en la que se afinca la melancolía y la nostalgia, algo a veces indecible. Quisiera tener un poco de claridad, pero solo tengo oscuridades.

T: ¿Crees que existe, en la Caracas del mundo real, gente como Luis Tevéz y su grupo que hacen happenings o quemas de Judas con películas de cine venezolano? 

ESR: Sin duda. No lo creo, lo sé. Hay de todo. Hay gente maravillosamente loca. 

T: Hay una opinión personal que siempre he querido discutir contigo y me gustaría escuchar tus comentarios y opinión. Muchos dicen que eres la voz de mi generación pero, aunque en varias ocasiones sienta mucha identificación con lo que se plasma en la obra, siento que Blue Label/Etiqueta Azul termina siendo un libro donde se plasma la voz de tu generación (La X) en personajes de la generación millenial. Eugenia y su visión del país me recuerda más a los amigos de mi hermana de 39 años o a los jóvenes del documental Zoológico (1991) que a mis amigos. En una escena, todos se burlan de este personaje patriótico y activo en actividades políticas y cívicas que llaman “el patriota”. Yo siento que, por lo menos desde el 2007 hasta la actualidad, la mayoría de los jóvenes venezolanos – tanto los que emigraron como los que no – han terminado evocando a ese personaje. Me atrevo a decir que la voz de Eugenia hubiese sido más orgánica en un trama situado en los años noventa. 

ESR: Yo soy un noventero confeso, tengo la edad de los amigos de tu hermana. Mis referentes son absolutamente finiseculares y puede que, efectivamente, mis personajes adolezcan de esas huellas de agua. Sin embargo, te puedo garantizar (pregúntale a tu hermana) que a ninguno de nosotros, en los noventa, se nos pasaba por la cabeza irnos definitivamente de Venezuela. Queríamos salir a estudiar, a viajar, a conocer al mundo, pero no existía un paradigma de la migración como alternativa racional ante el estropicio revolucionario. El conflicto de Eugenia, en los noventa, no hubiera sido del todo verosímil, sí posible, pero no hubiera conectado con las necesidades y experiencias de una generación. En los 90, quizás, Eugenia hubiera sido una loca, una tipa rara; en la actualidad, Eugenia es una tipa que, te caiga bien o mal, tiene un problema que, como lector joven, te resulta familiar. 

T: ¿Qué significan o representan las referencias a la cultura pop venezolana de los ochenta?

ESR: Creo que hay más noventería que ochentería en Blue Label, habría que buscar los ejemplos concretos. A mí la cultura pop siempre me ha parecido muy divertida, sugerente, es algo que tenemos en común.

T: Me parece súper interesante que menciones conocidos colegios caraqueños – que etiquta de “sifrinos” – con sus nombres reales, considerando que algo tan típico de la sifrinería caraqueña es preguntar el colegio de otra persona al conocerla (incluso siendo ya adultos o viviendo afuera del país). ¿Tuviste temor de causar controversia al usar los nombres reales de estas instituciones? ¿Lo dudaste en algún momento?

ESR: No, nunca. Lo hice a conciencia. Buscaba el realismo, más que la crítica o la descalificación de tal o cual institución. No usaría la palabra “sifrino” para generalizar en torno a los colegios. Me consta que en esas instituciones hay de todo, personas de todo tipo, pero es cierto que muchas veces se impone la etiqueta.

T: Háblanos un poco de la película de Blue Label/Etiqueta Azul. ¿Qué nos espera? 

ESR: Tengo expectativas inmensas. He trabajado durante mucho tiempo en ese guión, a la par del director Alejandro Bellame. Muy contento con el equipo técnico y artístico. He aprendido lo difícil, complicado, cuesta arriba y perverso que es hacer cine. No sé que nos espera, comparto el sentimiento de incertidumbre. Ha sido una experiencia muy formativa y grata. Si es buena, la amaré y si es mala, también. Confío en que Alejandro hará un excelente trabajo que, como es habitual, tendrá aficionados y detractores. 

T: ¿Cómo ves el panorama actual de la literatura venezolana? ¿Se están rompiendo los parámetros y limites? ¿Se están leyendo más escritores venezolanos en el exterior?

ESR: No podría asegurarlo, tengo dudas. Seguimos siendo una literatura periférica, conocida por especialistas, pero para el público general no creo que haya habido un cambio significativo en lo que tiene que ver con la visibilización de autores venezolanos. Puede que, en Venezuela, se esté leyendo más literatura venezolana que antes. Tengo 10 años fuera del país, no podría asegurarlo, pero tengo esa impresión. Sin embargo, fuera del país, cuantitativamente, no creo apreciar un aumento notable de publicaciones o autores inéditos. A la poesía le ha ido bien, mejor que a la narrativa. Cadenas y Yolanda Pantin, por ejemplo, han tenido continuas rediciones de sus obras y han recibido reconocimientos importantes. Juan Carlos Méndez Guedez fichó por Siruela y ha publicado varios títulos en España, me parece que Fedosy Santaella publicó con Pretextos, Rodrigo Blanco ganó un premio importante en París con The Night; pero sigue siendo una literatura de casos, de autores concretos. Meras impresiones, quizás me equivocó. Me falta leer muchos autores jóvenes y contemporáneos por lo que no tengo argumentos suficientes para saber si se están rompiendo parámetros o límites. Sí sé que hay gente escribiendo y eso es bueno. 

T: ¿Conoces algún extranjero que haya leído Blue Label/Etiqueta Azul? ¿Qué opinó, como lo procesó? 

ESR: Sí, varios: españoles, argentinos, mexicanos, norteamericanos y australianos. El feedback ha sido positivo. Muchos me han comentado que si bien no reconocen algunas palabras, el contexto les da todo lo que necesitan para comprender las situaciones.

 T: ¿Cuáles son tus artistas extranjeros y venezolanos favoritos? 

ESR: Mi escritora venezolana predilecta es Victoria de Stefano, admiro muchísimo su trabajo. Al leerla, me siento un aficionado miserable. Teresa de la Parra siempre me gustó mucho. Y no puedo dejar de citar a mi mentor, mi querido Eduardo Liendo.

T: En cuanto a la producción cultural venezolana, ¿qué es lo que más te gusta y que es lo que más desprecias o detestas?

ESR: Las cosas han cambiado. Como te advertí, tengo diez años fuera de Venezuela por lo que creo que la oferta cultural de 2007, con sus posibilidades y limitaciones, no es la misma que la actual. En muchos campos, creo que hay gente muy talentosa, eso me gusta y lo admiro. Lo que más detesto es el facilismo, la mediocridad inconsciente, el creer que se puede ser músico, actor o escritor porque se leyó un libro for dummies y que las cosas pueden lograrse sin sacrificios o esfuerzos. Me disgusta la gente que estigmatiza el esfuerzo, que cree que las dificultades son negativas y que las cosas son buenas y bonitas sí porque sí. En la cultura también abundan figuras como la de ese joven, tristemente célebre, que se fue una competencia de invierno en Finlandia sin saber esquiar, solo porque quería cumplir un sueño. Este oficio requiere disciplina y trabajo. Me gusta trabajar con gente que tiene esa concepción de las artes.

T: ¿Qué es lo que más te gusta de Caracas y que es lo que más odias?

ESR: Mis espacios, mi pequeño mundo: la casa de mis padres, de mis familiares, los lugares de trabajo. Odiaba el tráfico, me cuentan que ya no es tan fuerte. 

T: Describe a Caracas en tres palabras. 

ESR: Hogar, locura, caos.

T: Quiero hacer un ejercicio imaginativo y descriptivo donde la mente fluya: ¿Cómo te imaginas, al nivel que quieras, a Caracas o a Venezuela en 20 o 30 años? 

ESR: Me vienen a la mente dos imágenes: El desierto del Valle de la muerte o un cementerio urbano, como el Otro Lado de películas como Inception o el de la serie Stranger Things. Nunca he sido muy optimista.

La Generación del Miedo y la Rutina.

        Somos la generación del miedo y la rutina. Hemos crecido en un país descompuesto; un adefesio de república donde la vida no vale nada y la moral es un ser deformado. Somos las víctimas de un experimento social, de la negligencia de una sociedad idiotizada cuya falta de ciudadanía en 1998 nos llevó a pagar sus consecuencias. Aquí estamos, mirando con envidia a todos los jóvenes del mundo a través de nuestras redes sociales; revolcándonos en la falta de futuro, de progreso, de cosmopolitismo; en la chabacanería de lo que queda de vida nocturna; en el encierro a domicilio que se ha vuelto nuestra juventud. Nos babeamos como idiotas viendo el Halloween en el resto del mundo; viendo la diversión de jóvenes que todas las tardes disfrutan de su ciudad y sus amigos; viendo todas esas maravillas que ofrece la vida en un país normal: la comida, la ropa, los museos, las actividades recreacionales. Todo lo que crecer en una revolución nos arrebató.

            Y así vivimos, a base del deseo y del miedo. El miedo a no saber si viviremos, el miedo a no saber adónde se dirige tu futuro. El miedo a que esta pesadilla no termine nunca. A que finalmente nos terminemos de volver una comunidad completamente emigrante. Ese miedo a que algún día – 2030, 2050 – nos sentemos en casas suburbanas con nietos e hijos que hablen lenguas foráneas, recordando un Ávila que más nunca vimos, con relatos generacionales que no son de heroísmo y progreso si no de nuevos nómadas modernos. Sentarse en el metro de Nueva York, año 2052, y ver una anciana venezolana narrar su travesía por el mundo una vez que abandonó Caracas décadas antes para más nunca volver.

            Y dejamos nuestras pocas esperanzas en lo poco que nos queda. En brujos y profetas, en elecciones parlamentarias. Y el miedo acecha y golpea, apareciendo con rumores macabros y desalentadores que llegan de supuesta largas cadenas de gente: que habrá un fraude masivo, que compraron a la ONU con oro, que si gana la oposición los colectivos desarrollarán una pesadilla de sangre y terror en las calles del país. Surge la depresión, pero la esperanza perdura en medio de la oscuridad.

            No es lindo vivir con miedo y no es divertido vivir con rutina, encerrado en una casa. Y así, a mi generación le ha tocado vivir los peores momentos de la historia de este desangrado país que es Venezuela. Somos la generación de la emigración, empujados por el país a las aguas del Caribe para conquistar el resto del planeta – dejando una patria en llamas atrás. Y todo por la irresponsabilidad de una generación mayor que no logró entender lo que tenían hasta que lo perdieron. 

Miss Venezuela 2015: Se mudó a un salón de fiestas residencial.

1.       Miss Venezuela 2015: Salón de fiestas de Residencias Kentucky, Calle El Samán, Colinas de Bello Monte.

           El Miss Venezuela de este año fue balurdo a secas. No balurdo y estrafalario como el del año pasado. Secamente balurdo, incapaz de satisfacer ese placer masoquista que sentimos al ver algo extremadamente chabacano y grotescamente estrafalario. La falta de presupuesto convirtió el concurso en algún tipo de show escolar en el salón de fiesta del edificio Residencias Kentucky en Colinas de Bello Monte, que ahora es la nueva sede oficial. La junta de Venevisión se reunió y decidieron, debido al desmadre económico que vivimos, que este año además de poner la nueva sede en las Residencias Kentucky no habría musical de Osmel, vestidos ridículos para las concursantes o un show musical barato levemente inspirado en las Angels de Victoria’s Secret. Las cámaras con las que se grabó el programa fueron intencionalmente usadas para darle un toque vintage de 1995. El jurado se armó poniendo nombres a la zar en una lotería y Osmel fue vetado de hablar durante todo el concurso, dejándonos a un alma muda con el arco del triunfado tejido en su chaqueta.

2.       Joropo zuliano.

               Un Miss Venezuela no puede estar completo si no se incluyen shows lo suficientemente ridículos como para hacernos sangrar por los ojos. El primero fue la típica rutina de “cualquiera de nosotras podría ganar”, reliquia prehistórica de la Cuarta República, donde hubo una temática inspirada en la prostitución europea del siglo XIX y los cabarets de mala muerte anteriores a la Primera Guerra Mundial (Saliéndome del tono burlón: creo que aquellos bailes tan lascivos que hicieron en la presentación son sumamente denigrantes a las mujeres, mostrándolas como objetos sexuales). El show incluyó además bailarines vestidos de… ¿mexicanos? ¿Guardias Reales? ¿Liberace?

                Posteriormente se pudo apreciar la tan esperada ronda de trajes de baños donde las hermosas señoritas modelaron un maravilloso aparato de tortura medieval en el cuello y copias de zapatos Louboutin mientras el cantante Benevides (¿ese no era un rey de la Biblia?) nos enseñaba sus bailes aprendidos en la escuela de mimos para pelear contra seres invisibles como la Sayona. El fondo de la presentación de Benevi(sion)des fue claramente inspirado en las ilusiones ópticas tan típicas de los shows de Beyoncé, sin lograr el efecto deseado. Los shows continuaron con un joropo traído desde el Zulia (¿?) que incluyó una tocadora de cuatro vestida de los años sesentas, bailarinas en minifalda folclórica (¡La revolución feminista llego a los Llanos!) y una sexóloga cantante (así fue descrita, no lo inventé) pues ¿que sería del Miss Venezuela sin música folclórica chimba?

            Otro show que ha de ser recordado de una noche tan linda como esa, fue el show de los Cadillacs quienes lamentablemente no cantaron su excelso éxito “Chávez, corazón del pueblo” para recordarnos ese bello legado de colas, inseguridad e inflación llena de brillo. La presentación incluyó además bailarinas vestidas de sirvientas “sexys” (¿o era una mala referencia a Clueless?) que claramente compiten con las strippers que hicieron pole dancing en la presentación de Kent y Tony en el 2014. ¡Viva la pachanga venezolana!

3.       Twitter for dummies.

             Me encantó la manera de atraer a los videntes a twittear sobre el concurso: prometiéndoles que una mínima imagen de su rostro saldría dos segundos en pantalla. Y tuvo buen resultado.

4.       Novias fantasmas, Elsa de Frozen, Madonna y un Plumero Humano.

              La ronda de vestidos fue menos estrafalaria que en 2014 y se pudo ver a una cantidad de concursantes usar vestidos casi idénticos que los de otras concursantes: los powersuits anteriores al Viernes Negro que están en el closet de tu mamá fueron sumamente usados este año junto a plumeros humanos, axilas al aire, vidrios de seguridad puestos en los muros de las casas revistiendo el vestido y cristales árticos (¿?). Miss Barinas no pudo caminar por lo apretado de su vestido mientras que Miss Bolívar desfiló un vestido prestado por el estudio que hizo el video de Material Girl en 1985. Miss Distrito Capital se inspiró en los mitos del país y se vistió de novia fantasma. El vestido de Frozen de Miss Falcón, quien entró caminando como una malandra, fue descrito como de “chiffon surinamés, tejido con pelo de unicornio pigmeo mongol y diamantes extraídos de la espalda de una rana hada de las cuevas arcoíris”. Miss Nueva Esparta fue vestida de Poseidón mientras que Miss Sucre prefirió ir de plumero gigante. Miss Trujillo mostró su bata de baño morado con la que después trapeó el suelo. Miss Bachaqueo se vio ausente en esta sección.

5.       Traki, for those who feel young!

         Las publicidades entre los segmentos fueron encantadoramente raras. Se pudo ver una cantidad infinita de marcas de zapatos robándose canciones americanas, la peluquería de Jesus Morales prometiéndote hacerte sentir en Nueva York o Paris con una estética Bendecida y Afortunada chic y Traki presumiendo su nueva imagen: Osmel Sousa, quien es el nuevo boom de la cultura pop de Venezuela. (Traki, for those who feel young!).

6.       Celia Cruz y su puercoespín (¿O era Mirla Castellanos?)

                El jurado de este año estuvo conformado por el tan nombrado George Wittels, Bob Abreu, la primerísima Mirla Castellanos vestida de Celia Cruz con un puercoespín en la cabeza (¿o era Dragon Ball Z?) y un montón de celebridades que no conozco porque mi generación no vio la televisión nacional de antaño y no ve la de ahora porque es un total desastre dantesco.

7.       Maite regresó (de 1986)

              La segunda venida de la infaltable Maite Delgado fue recibida por un show con bailarines en flux que seguramente diseñó Osmel. Maite liberó su típica voz grave y mandibuleada estilo Laura Perez, como si se burlara de ella misma, y evocó de esta manera a Maite Delado del Miss Chocozuela. Maite, último líder político de la Cuarta República, representa la única muestra de grandeza del concurso al cual fue condenada por siempre a animarlo inclusive “hasta después que sea más chabacano que todo show en la televisión” por una bruja santera en 1986 cuando era un show de La High Society C.A. Se dice que aun pregunta si vas a votar por COPEI o AD. 

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             Para terminar les dejo un vídeo del Miss Venezuela 1997, que tuvo un racimo de celebridades, elefantes y tigres reales, una producción y visuales increíbles y muchas cosas más que el Miss Venezuela 2015 ni sueña en tener. La transformación sucedida en estos dieciocho años (mis dieciocho años de vida) equivale a pasar de lámparas de cristal a bombillos y de muebles franceses a sillas de plástico.

Oh, 1997. 

Miss Venezuela es Árabe – y Eso No la Hace Menos Venezolana Qué Tú.

 Mariam Habach, Miss Venezuela 2015 (foto cortesía de El Universal)

Mariam Habach, Miss Venezuela 2015 (foto cortesía de El Universal)

        Con una población de cerca de 1.600.000 personas, los venezolanos de origen árabe han permeado todo aspecto de la sociedad venezolana. Dirigen enormes empresas y bancos, han fundado organizaciones de suma importancia para Venezuela como el equipo de Los Magallanes y han logrado renombre a través de muchos personajes públicos. Anoche, la nueva Miss Venezuela fue anunciada: Mariam Habach, oriunda del estado Lara y venezolana siria. Inmediatamente, una ola de comentarios xenofóbicos se hizo sentir en las redes – mostrando no solo un enorme desprecio a los venezolanos árabes si no una suma ignorancia de una parte de la población.

        Las dos grandes colonias árabes de Venezuela son la siria y la libanesa. Fue en la segunda mitad del siglo XIX, cuando el primer libanés en migrar a Venezuela tocó sus cálidas tierras caribeñas. Ese fue el inicio de una inmigración masiva que cambió la composición social de Venezuela, haciéndonos uno de los países con más libaneses en el mundo. Los inmigrantes libaneses siguieron llegando a Venezuela durante aquel siglo y el siguiente, con olas masivas de libaneses estableciéndose en el país durante la dictadura de Perez Jimenez en los años cincuenta y durante la guerra civil libanesa en los setentas y ochentas. La enorme mayoría de los libaneses que llegaron al país eran cristianos, principalmente católicos orientales pero también ortodoxos. La minoría musulmana, que ha ido creciendo desde que Margarita fue declarada zona libre de impuestos al rededor del año 2000, se estableció principalmente en la Isla de Margarita. Los drusos, una religión mística del Líbano y de Siria, también encontraron refugio en el país haciéndonos el país número cuatro con la mayor cantidad de drusos luego de Líbano, Siria e Israel. Otra enorme inmigración de habla árabe que Venezuela tuvo, inclusive mayor a la libanesa, fue la siria. Los sirios venezolanos, también en su mayoría cristianos y en gran parte provenientes de la hoy devastada ciudad de Aleppo, encontraron un hogar en diferentes zonas del país tales como el pueblo oriental de Santa Bárbara donde la fuerte presencia siria lo ha convertido en el único enclave étnico árabe en Latinoamérica (y hay que tomar en cuenta que hay más libaneses en Brasil que en todo el Líbano). Estas grandes migraciones han tenido de resultado que existan grandes y poderosas colonias en Caracas, Puerto Ordaz, Maracay, Margarita y otras zonas importantes del país.

         A medida que Mariam recibía su estrafalaria corona de reina de belleza, los comentarios racistas se empezaron a sentir en las redes sociales. Más de una persona la acusó de no ser una venezolana “verdadera” (lo que sea que eso signifique) debido a que sus padres provienen de Italia y Siria, otro – por ejemplo – dijo que Mariam Habach debería ser Miss Siria y no Miss Venezuela. El nivel de acoso llegó a tal nivel, que la cuenta de Twitter de Habach fue hackeada con tweets tales como: “Soy niña de papa y mama arabe por eso me hace ser la más hermosa jaja les gane a todas sucias” (sic.) o “Ojalá toda la gene de Siria se Unda” (sic.). Debido a la ola de xenofobia, Habach especificó: “Yo no soy árabe, ni soy italiana, soy de aquí, y descendiente de esa cultura, pero soy totalmente venezolana y tocuyana”.

         Buscando del tema en internet, conseguí un foro de mala muerte donde los comentarios racistas eran aún peores. El tema se abría diciendo que Mariam Habach (que no es la primera Miss de origen extranjero. Todas menos una de las Miss Universos han sido de origen extranjero) era una homofóbica pero que esto se le perdonaba porque es algo de “sus costumbres”, implicando a la homofobia como un supuesto valor cultural de los árabes (Ya que al parecer en Venezuela los homosexuales son sumamente respetados, en especial en la Asamblea Nacional donde los insultos homofóbicos sobran). La ignorancia del hombre, que pareciera considerar la homofobia igual al kibbe o a la danza del dabke, me hizo pensar en el pensamiento liberal de los habitantes de Beirut donde existe una notable subcultura homosexual. En el foro, los comentarios xenofóbicos a Habach siguieron. Una forista preguntaba que por qué estaba en una iglesia católica si ella es árabe, ignorando completamente que la mayoría de los árabes venezolanos son cristianos y que árabe y musulmán no son sinónimos pues la gran mayoría de los musulmanes no son árabes. Otros criticaban y comentaban su nariz, típicamente grande por ser de Medio Oriente, como ya había visto en Twitter donde la mentaban de bruja. Un usuario preguntó: “Pero no sólo homofóbica, también ninfómana, vulgar, grosera, fea, bruta e hipócrita Jajajaja también los árabes son así?” lo cual llevó a la respuesta de otro usuario que dijo: “Pa que te digo que no sí si. (sic.) Esa comunidad me la conozco bien. Doble moralistas como ellos solos.” La generalización y la ignorancia hicieron de las suyas.

        La xenofobia está creciendo en el país. Está creciendo no solo contra los venezolanos libaneses y los venezolanos sirios, sino también contra los venezolanos italianos, los venezolanos españoles, los venezolanos portugueses, los venezolanos judíos, los venezolanos armenios, los venezolanos colombianos, entre muchos otros. Se ve la ampliación del estereotipo del extranjero que oprime al venezolano de pura cepa, tan antiguo que se podría decir que hay hasta un sketch de Radio Rochela (muy gracioso de hecho) de alrededor del año 1992, y un discurso estatal que promueve este pensamiento – causando artículos altamente preocupantes en páginas radicalmente chavistas como Aporrea.com. Pareciese que la memoria cultural venezolana estuviese borrando el hecho que este es un país de inmigrantes y que los descendientes de estos son tan venezolanos como un descendiente de un conquistador con una indígena.

          ¿No somos venezolanos por ser de otra cultura? Obviamente sí, y no lo digo porque simplemente tengamos la nacionalidad. Lo digo porque vivimos en este país que nos dio refugio, porque nos sentimos como una parte de él, porque nuestra bandera es el tricolor con estrellas, porque trabajamos con los que nos brindó Venezuela al llegar y porque, más que nada, amamos a Venezuela y la llamamos hogar. ¿Cuándo se había visto una xenofobia tan notable en este país? La situación es preocupante, desmoralizadora. No podemos dejar que esto continúe, permitiendo que nos sigan dividendo en venezolanos de verdad y venezolanos de mentira porque no hay nada menos venezolano que despreciar a otro por su etnia. Invito por eso a todos los venezolanos a darle la espalda a la xenofobia de unos cuantos y le digo a ese grupo pequeño: si les molesta la multiculturalidad, están en el país erróneo – Si abrimos nuestras puertas a todo el que escapaba de la locura del Viejo Mundo, fue por algo. Venezuela es una tierra multicolor con sabor latino, asiático y europeo que no se dejara llevar a la locura del racismo y la división.

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14 de Julio

14 de julio

Hoy se tomó la Bastilla. Hoy, hace dos siglos dos décadas y seis años, se tomó la Bastilla. En esa explosión de ira – partículas volando en espiral y humo áspero brotando de este Armagedón – nació la civilización occidental moderna. Brotó de una explosión, de un mini Big Bang, como una cotufa cuando estalla y deja de ser una lisa esfera dorada y se convierte en una nube crujiente. Hoy – también – hace un año conocí a una muchacha de encanto obsesivo y crueldad bárbara, de confusión y de varias caras. Me marcó, eso es indudable. Amor es una palabra muy grande para lo que siento – crush tal vez le queda mejor.

La conocí una noche de lluvia en esa ciudad monstruosa y fascinante que es Nueva York. Las gotas oscuras bajaban por entre los techos del Downtown y los arboles de Washington Square frente a donde ambos vivíamos por aquel verano. Me la presentaron en medio de una turba de adolescentes de todos los colores y nacionalidades, al mejor estilo Benetton, que habían sido expulsados a refugiarse bajo los techos de zinc de la obra de remodelación de nuestro dorm de NYU luego de que una alarma de incendios se disparara. Y así fue como, en medio de ese mar de jóvenes en pijamas, nació nuestra amistad. Floreció, y eventualmente se volvió algo más complejo. Pero pronto esta complejidad se enredaría en confusiones y problemas estúpidos, llevando a la amistad a un abismo que parecía no tener fin. Pero tocó el frio piso. Y ahí sigue, un año después, sintiendo el frío suelo del oscuro abismo – esperando que alguien la saque de ahí. Pero parece que jamás saldrá.

Y así, mi 14 de julio habla de una Bastilla personal y ridícula. Y pienso en ella y en su crueldad y en su encanto. El universo se burla con su ironía. Nos otorgaron para este día la cita para ir a la embajada de su país por cuestiones de papeleo – su bandera en todos lados. Estoy seguro que para ella hoy es solo un día normal, yo solo soy un espectro de su pasado. Todo sigue en aquel abismo nigérrimo y yo sigo con mi ridícula, enamoradiza, adolescente y patética Bastilla – un año después de mi 14 de julio, aun esperando por ella.

Te Quiero Venezuela

Sofocados por el desastre de esa devastada oda al brutalismo que es Caracas, por la inflación más alta del mundo, por las serpenteantes colas para comprar en el mercado, por la escasez de todo tipo, por el racionamiento, por el cinismo, por la falta de seguridad, por la censura, por toda esa maraña de maldiciones que han carcomido a Venezuela, muchas veces olvidamos por qué amamos al país.

Hace un año, tuve la oportunidad de hacer un excelente curso de verano en la Universidad de Nueva York. Durante el mes y medio que estuve ahí, hice algunas de las amistades más increíbles de mi vida y formé algunas de las mejores memorias que tengo. Entre tardes sentado en Washington Square, calurosos sábados comiendo helado, visitas a las mejores colecciones de arte del mundo, un enamoramiento adolescente comiendo pizza una noche lluviosa, e incontables visitas a Mcdonald’s con mi amiga británica, tuve el verano más espectacular de mi vida. Aun así, algo me faltaba. Sentía un extraño añoro por la patria: extrañaba su gente, sus colores. Francamente, me mataba la soledad del norte – me mataba la aislación, el individualismo, el darwinismo despiadado que mueve a los neoyorkinos. Salí de Venezuela con ganas de no mirar atrás y volví con ganas de envolverme en el tricolor de la bandera. Pero los meses pasan y el país se hunde en un sótano. Pronto, aquel sentimiento fue devorado por la crisis. Me volví a sentir sofocado, hastiado, atragantado de un país inverosímil.

Hace unas semanas, me encontraba manejando con mi hermana de copilota. Soy nuevo en el mundo automovilístico, con una licencia fresca. Delante de mí había un auto viejo de color azul, uno de esos largos carros antiguos que son reliquias de la Cuarta República. El hombre que lo manejaba se movía con torpeza y ya me sentía cansado de su mal manejo. Entramos a una avenida residencial y el auto azul se detuvo. En menos de un minuto, ya había una larga cola de carros detrás del nuestro. Las cornetas comenzaron a sonar mientras más carros llegaban y se unían al embotellamiento. El auto azul seguía sin moverse. Me quedé mirando, entre las cornetas y los comentarios de mi hermana. Subidamente, un hombre que venía caminando por la calle vio la escena y corrió a auxiliar al hombre del auto azul. Ambos lo empujaron y lo sacaron de la vía. Aquel momento fue como un trance, una suerte de epifanía. El mundo se quedó en silencio y solo existió esa escena. Sin darme cuenta, una sonrisa se plasmó en mi rostro. Mi boca expresó mis sentimientos:

-        Por eso es que quiero a Venezuela.

De vez en cuando, lo sublime de la relación entre un país y su gente está en lo mundano. Un país herido, en medio de una tormenta que oscura que lo ciega y lo confunde, me mostró su propio ser a través de un desconocido ayudando a otro. Escarbando debajo del mar de malas noticias y del malestar general, la verdadera Venezuela aún existe y nos ruega que no la abandonemos – porque nos necesita más que nunca. 

Flores en el Pantano

 "How I Got My Shrunken Head"  Natali Martinez

"How I Got My Shrunken Head" Natali Martinez

El pasado primero de febrero, la delegación de MUN de mi colegio ganó como la mejor delegación internacional en el MUN de la Ivy League en Filadelfia: el más importante de delegaciones de bachillerato a nivel mundial. Me enteré de esto en la cuenta de Twitter de Diego Arria (y eso que soy uno de los presidentes del Departamento de Prensa. El otro presidente, gran amigo mío, si fue a Filadelfia porque – creemos todos –quería hacer shopping) porque aunque a veces pareciera que yo fuese el proveedor oficial de noticias de mi casa, paso gran parte del tiempo entre la luna y Marte. Me sentí orgulloso al ver como cientos de venezolanos aclamaron a estos jóvenes compañeros míos como el futuro del país. ¡Una delegación venezolana venciendo a delegaciones de todo el planeta y ganando 8 premios de 10 comités! Aun así, al volver a clases oí el negativo humor negro de muchos alumnos: “esos son los futuros bolichicos”, claramente haciendo referencia a la mala fama que un artículo irresponsable de Infodio.com le otorgó a mi colegio. Sí,algunos de esos delegados no son las mejores personas del mundo – y lo digo porque los conozco – pero eso no les quita el merito de haber ganado limpiamente aquel premio. No importa si trataron mal a algún alumno, o si le faltaron el respeto a un profesor, o si tienen una cotufa en la cabeza: ganaron sin trampa y con su propia lucha. En vez de decir semejantes barbaridades, esos alumnos criticones deberían sentirse orgullosos de esta victoria.

 El arte de mi amigo  Ander  

El arte de mi amigo Ander 

Los medios extranjeros han vendido muy bien la idea que nuestra generación – los nativos de la tecnología – son el futuro del mundo: son los nuevos Adán y Eva; la primera generación en tener a su alcance el mundo con un solo clic; la generación de las artes online, los blogs, las compañías por Instagram, la comunicación instantánea. Una generación que tiene ejemplares que a sus 20 años han hecho más que sus padres en toda sus vidas. Pero aquí, en este pantano de chicungunya que se ha vuelto Venezuela, el milagro de la generación Y y la generación Z pareciese no existir. Pero, ¿Es eso cierto? No, para nada. Capaz la generación X se podría considerar un enorme desastre, resultado de apatía política y de un país que se lo llevó una revolución en el momento que dejaron las aulas de la universidad, pero las generaciones más jóvenes parecen prometer un cambio tecnocrático al país. Somos generaciones que crecimos en un país que fracasó, oyendo los sueños rotos de nuestro padres sobre el país de la modernidad y desarrollo tropical. Crecimos viendo un huracán de miseria que se llevó a Venezuela y aprendiendo de política como nunca antes: hoy, un adolescente sabe mucho más de la situación política del país que la que sabían todas las generaciones anteriores a su edad. Es por eso que los jóvenes de ahora, políticamente y socialmente conscientes, prometen y desean un cambio al país y esa victoria del MUN es una muestra de esto.

 Uno de los estampados diseñados por  Mafe Sotillo Lairet

Uno de los estampados diseñados por Mafe Sotillo Lairet

Los jóvenes de mi edad prometen mucho. En mi salón de clases hay alumnos que parecen totalmente desorientados a la hora de las clases – no tiene ni la menor idea de lo que estamos estudiando – pero en el momento que hablan de política se vuelven una suerte de Arturo Uslar Pietri con jerga urbana. Yo lo admito, en incontables ocasiones me dejo llevar por el esnobismo. No lo hago a propósito, pero no lo puedo controlar. Es por eso que hoy recibí una gran sorpresa: un compañero de mi promoción se me acercó a preguntarme qué que se debería leer. Me quedé impresionado, puesto que siempre lo había visto como alguien sin el menor interés en la cultura cuya única importancia era aparentar un poder de caudillo en los pasillos del colegio. Le recomendé “La Rebelión de los Náufragos” de Mirtha Rivero. Después me habló de porque quería leer: me explicó que quería tomar ese hábito puesto que leer te abre la visión al mundo y te educa increíblemente. Ahí fue la sorpresa; la visión esnobista que tenía de el se derrumbó. No solo estaba realmente interesado en leer y culturizarse si no que, al decirme esto, me enseñó que a veces la gente que parece más superficial no lo es y eso lo he aprendido ya en varias ocasiones en aquel mismo colegio. Pero el brillo de mi generación va más allá de eso: conozco personas que tienen un talento increíble en las artes, la política, le economía, el deporte, entre otras cosas. Mis amigos Ander (17) y Renato (17) pintan de una manera impresionante y las ilustraciones del primero me dejan boquiabierto. Lorena (17) y Eugenia (16) pasan sus vacaciones en excelentes cursos de verano en las mejores universidades del mundo, aprendiendo de economía y negocios para ser grandes empresarias algún día. Valerie(26) es una estilista excelente de celebridades. Juan Pablo(17) tiene un talento nato en el diseño de modas y en el diseño en general; inclusive creó un sweater que quisiera robarle. Damia (25) posee una creativa marca de accesorios coloridos. Javier (16) es el subcampeón nacional de motocrós. Alejandro (18), Luis (18), Julián (17) y Darío(17) son delegados excelentes de MUN. Mafe (25) es una de las mejores diseñadoras gráficas que he visto.

Yo creo en estos jóvenes pero más que nada creo en Venezuela. La gente está ahogada en pesimismo pero se que hay un arcoíris tras el huracán: lo veo en los ojos de la juventud. Jóvenes venezolanos como yo que quieren cambiar el país con sus sueños y sus ideas; flores en un pantano que reconstruirán un país destruido. Somos más que el futuro de Venezuela: somos su pilar y sus nuevos Padres Fundadores. Puedo decir con toda seguridad que cambiaremos el país por una simple razón: somos Venezuela.