Cuando nos creíamos la última coca-cola del desierto (resentimientos de ayer y hoy)

La caída de Ixión (1588) - Cornelis Van Haarlem.

La caída de Ixión (1588) - Cornelis Van Haarlem.

           En la Era de la Información, los comentarios en las redes sociales son la voz del pueblo. Con la democratización de la opinión, todos pueden expresar sus pensamientos y sentimientos a través del internet. La historia ahora está fosilizada en las secciones de comentarios de cada artículo y noticia. Debido a esto, creo que los comentarios bajo las noticias de venezolanos cruzando masivamente a Colombia son oro.

            La disputa entre venezolanos y colombianos probablemente data del año de la pera, pero se agudizó durante la década de 1970 y principios de la década de 1980. En ese entonces, cuando nos llamábamos a nosotros mismos la Venezuela Saudita, el país experimentó altos niveles de prosperidad económica y desarrollo. Atraídos por el brillo del petróleo, miles de colombianos y peruanos (entre otros andinos) acudieron en tropel a Venezuela. Su llegada no fue tan bien recibida como la de previas migraciones europeas y levantinas. Insultos como “colombiches” fueron aplicados a los colombianos y “cotorros” a los peruanos, gente que en su mayoría había sido contratada para trabajos domésticos y mano de obra barata y que se habían asentado en los barrios en torno a las ciudades. El desprecio que muchos venezolanos sentían hacía ellos no es secreto.

            Mi mamá, como la mayoría de sus compañeros del bachillerato, es hija de inmigrantes. Aun así, ella recuerda como uno de sus compañeros de clase era de origen colombiano y, debido a esto, era la burla de la clase. Los hijos e hijas de venezolanos y extranjeros le hacían ‘bullying’ a su compañero – y lo hacían sentir inferior – solo por ser colombiano. Según ciertas voces de aquella generación, el crimen y el narcotráfico se multiplicaron increíblemente en Venezuela por la llegada de los colombianos. “Todo el crimen era cometido por ellos”. No sé que tan certeras sean estas afirmaciones pero el prejuicio de que los inmigrantes colombianos eran importadores de violencia, crimen, prostitución y narcotráfico es fuerte. Hay gente que incluso los culpa por la aparición de las bendecidas y afortunadas. ¿Suena familiar no?

            Venezuela se veía a si misma como una tierra rica de reinas de belleza, petróleo y viajes de shopping de fin de semana a Miami y a Disney World que tenía un vecino pobre infectado con la FARC, prostitución, miseria y narcotráfico. Aun recuerdo cuando visitamos Bogotá a mediados de los años 2000 – ya el derroche petrolero acabado hace mucho y la revolución bien instalada – y mi hermana recalcó lo pequeñas que eran las cucharas en el Mcdonald’s bogotano comparado con el Mcdonald’s en Caracas. Ahora no tenemos Big Macs.

            Las cosas cambian para bien y para mal, dependiendo de en cual país estés parado. Ya sabemos la historia de lo que pasó con Venezuela. Con la reapertura de la frontera colombo-venezolana, cerrada hace un año por el presidente Maduro, cientos de miles de venezolanos han cruzado a Cúcuta – estilo éxodo – para comprar comida. La multitud hambrienta prácticamente ha llevado consigo la escasez pues varios productos quedaron fuera del inventario los primeros días. Las vueltas que da la vida.

            La percepción – entre compatriotas y también entre naciones – cambió también. La obsesión de #GraciasColombia hubiese sonado como un chiste ridículo a los baby boomers en sus años jóvenes. Y ahí es donde encuentro la preciosidad de los comentarios en Facebook: el lado oscuro que los medios no muestran. Hay resentimiento colombiano – y mucho. Es simple: muchos colombianos no perdonan el desprecio que recibieron en el pasado y ahora ven el final de nuestra historia con un sentido de justicia divina y hasta de schadenfreude. Solo lean algunos comentarios:

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            La población venezolana ha interpretado al chavismo, como cualquier otro gran evento social a nive universal, a través de unos lentes casi-mitológicos repletos de moralejas. Lo vemos en diferentes narrativas: Chávez murió porque era arrogante y jugó a ser dios – llamando a la muerte y desenterrando a Bolívar; Chávez llegó al poder porque Dios envió a alguien a destruir a Venezuela para que así pudiésemos aprender a amar a nuestra tierra; Chávez es un mesías que vino a salvar a los pobres del yugo de la oligarquía; etc.…   Ahora tenemos la narrativa moralista más nueva – con los mismos matices de la historia de Moisés – y esta no viene de nosotros, si no de los colombianos:

            Los venezolanos eran prósperos pero soberbios y déspotas. Despreciaban y maltrataban a colombianos inocentes. Eventualmente, Dios castigó su soberbia con hambre y enfermedad. Los venezolanos, caídos en desgracia y karmáticamente gobernados por el más tonto de los colombianos, miserablemente pidieron por comida en la ahora prospera Colombia donde la benevolente y clemente gente recibió a los humillados venezolanos con comida y riquezas.

            Estamos en las filas de Adán y Eva, la Torre de Babel, Atlantis, Arachne y Lucifer. Nuestra historia es una de hibris: somos el Prometeo de la América Latina post-neoliberal.