Te Quiero Venezuela

Sofocados por el desastre de esa devastada oda al brutalismo que es Caracas, por la inflación más alta del mundo, por las serpenteantes colas para comprar en el mercado, por la escasez de todo tipo, por el racionamiento, por el cinismo, por la falta de seguridad, por la censura, por toda esa maraña de maldiciones que han carcomido a Venezuela, muchas veces olvidamos por qué amamos al país.

Hace un año, tuve la oportunidad de hacer un excelente curso de verano en la Universidad de Nueva York. Durante el mes y medio que estuve ahí, hice algunas de las amistades más increíbles de mi vida y formé algunas de las mejores memorias que tengo. Entre tardes sentado en Washington Square, calurosos sábados comiendo helado, visitas a las mejores colecciones de arte del mundo, un enamoramiento adolescente comiendo pizza una noche lluviosa, e incontables visitas a Mcdonald’s con mi amiga británica, tuve el verano más espectacular de mi vida. Aun así, algo me faltaba. Sentía un extraño añoro por la patria: extrañaba su gente, sus colores. Francamente, me mataba la soledad del norte – me mataba la aislación, el individualismo, el darwinismo despiadado que mueve a los neoyorkinos. Salí de Venezuela con ganas de no mirar atrás y volví con ganas de envolverme en el tricolor de la bandera. Pero los meses pasan y el país se hunde en un sótano. Pronto, aquel sentimiento fue devorado por la crisis. Me volví a sentir sofocado, hastiado, atragantado de un país inverosímil.

Hace unas semanas, me encontraba manejando con mi hermana de copilota. Soy nuevo en el mundo automovilístico, con una licencia fresca. Delante de mí había un auto viejo de color azul, uno de esos largos carros antiguos que son reliquias de la Cuarta República. El hombre que lo manejaba se movía con torpeza y ya me sentía cansado de su mal manejo. Entramos a una avenida residencial y el auto azul se detuvo. En menos de un minuto, ya había una larga cola de carros detrás del nuestro. Las cornetas comenzaron a sonar mientras más carros llegaban y se unían al embotellamiento. El auto azul seguía sin moverse. Me quedé mirando, entre las cornetas y los comentarios de mi hermana. Subidamente, un hombre que venía caminando por la calle vio la escena y corrió a auxiliar al hombre del auto azul. Ambos lo empujaron y lo sacaron de la vía. Aquel momento fue como un trance, una suerte de epifanía. El mundo se quedó en silencio y solo existió esa escena. Sin darme cuenta, una sonrisa se plasmó en mi rostro. Mi boca expresó mis sentimientos:

-        Por eso es que quiero a Venezuela.

De vez en cuando, lo sublime de la relación entre un país y su gente está en lo mundano. Un país herido, en medio de una tormenta que oscura que lo ciega y lo confunde, me mostró su propio ser a través de un desconocido ayudando a otro. Escarbando debajo del mar de malas noticias y del malestar general, la verdadera Venezuela aún existe y nos ruega que no la abandonemos – porque nos necesita más que nunca.