The 0212 Generation: resistencia artística, venezolanidad y controversia. (Review)

The 0212 Generation

The 0212 Generation

Sirviendo de tesis de grado para su carrera en estilismo de moda en IED Moda de Milán, la caraqueña Valeria Romano (1996) creó el proyecto The 0212 Generation. Este es una conglomeración – o movimiento – donde se unen varios fotógrafos, estilistas, modelos y otros jóvenes universitarios o adolescentes de Caracas que llevan ya unos años haciéndose conocer por Instagram. El epitome del proyecto es un documental del mismo nombre que puede verse en Youtube.

La generación 0212 (el código telefónico de la ciudad capital venezolana) es una suerte de subcultura o grupo social que conozco desde hace ya algunos años gracias al Festival Intercolegial de Humanidades – cuando solo dirigía la categoría de Escritura y posteriormente durante el tiempo que fui presidente. En aquel entonces aun no tenían nombre pero mi chiste recurrente dentro del Festival era referirme a Willian Álava (ig: @willian.alava), Santiago Méndez (ig: @santiagom.p) y aquel aviario colorido y estrambótico de modelos, estilistas y diseñadores que los acompañan en sus proyectos como “La Subcultura” (incluyendo a algunos personas que no forman parte del proyecto de Romano pero siempre revolotean en el entourage). En parte hipster, en parte nostalgia de Tumblr; La Subcultura – que, gracias a Dios, finalmente se estructura en movimiento formal y toma nombre – evoca una estética visual de los noventa o principios de los dos mil (a veces con lentes color de película de los setenta) que se entremezcla con un feminismo Lolita de calcomanías rosas y soft grunge, una cucharada gender-neutral y una pizca de punk pastel y angst existencial a lo Ghost World que termina evocando con remembranzas tropicales a Dazed and Confused Magazine, i-D Magazine y UNIF.           

El documental mencionado habla de las razones y metas del grupo y de su situación existencial, semi-ideológica y estética. No puedo dejar de pensar que es una suerte de versión moderna de Zoológico (1991), de Fernando Venturini, pero centrada en la fotografía de modas y el diseño de modas (por mucho que la página del proyecto diga que es del arte en general). Tras verlo y analizarlo me ha dejado algunas opiniones que circulan en mi cabeza como serpientes calientes:

Estos jóvenes son de admirar

El gusto es una cuestión personal y sumamente complicada; como lo son la estética dominante y las estéticas alternativas. Puede que el espectador se encuentre fascinado por los proyectos de los 0212, puede que los considere una verdadera catarsis artística o una punzada avant-garde a la cultura pop venezolana, puede considerarlos un simple show dilettante de querer ser diferente, una transposición del movimiento Glee-Born This Way a Venezuela, es más – puede que el espectador se incomode con ideales de belleza alternativos, hombres albinos y mujeres andróginas. Pero no vengo a discutir como cada quien lo interpreta: te guste o no, lo ames o lo odies, no se le puede quitar el merito a ninguno de los muchachos y mucho menos a Romano, Méndez y Álava. ¡Estamos hablando de hacer múltiples proyectos artísticos en una nación que se está derrumbando! Arte y cultura en medio de colas de supermercado, edificios mugrientos, sangre en la acera, fusiles, botas militares, medios censurados, gas lacrimógeno y estantes vacíos. Hacer arte en este infierno liberado es un bastión de resistencia de belleza sublime – en el más filosóficos de los sentidos. ¡Es una realidad donde no hay dinero ni espacios culturales, donde conseguir una cámara es un esfuerzo económico y una amenaza a la seguridad personal, donde se puede ser atracado en un espacio público, donde se vive entre monstruosa violencia y dantesca crisis! Es un devastador panorama de horror y desesperanza, como para lanzarse al vacío: pero ellos siguen. Con su rostro en alto, su cámara en mano y sus ideas burbujeando en la cabeza. Ámalos o ódialos: son admirables. 

El Miss Venezuela es un monolito invencible

El video inicia con una explicación de como Venezuela es un país donde la belleza está regida por sus reinas de belleza mundialmente famosas y donde supuestamente la mayor aspiración de las mujeres es llegar a ser Miss Venezuela. Según la narradora, el movimiento desafía esto con su estética y busca la intención de cambiar estos patrones. La causa es, indudablemente, noble pero – sin entrar en discusiones feministas o sociológicas –luchar contra el Miss Venezuela es realmente una batalla infecunda. Estamos hablando de un país donde la belleza existe como concepto central de su existencia: es una sociedad vanidosa donde se le da un valor sagrado y místico, se podría decir que hasta religioso, a la belleza y todo lo que le incumbe (este es el país de las peluquerías y las cirugías plásticas; donde la estética del cuerpo es central pero se reniegan otras ramas estéticas de suma importancia como el diseño grafico, el diseño editorial, el diseño de interiores, el diseño de modas e incluso la producción televisiva y la publicidad). Venezuela es un un país donde los concursos de belleza son orgullo nacional y objeto de devoción. Donde incluso el proceso de desarrollo de la democracia está ligado a estos.

Luchar contra el Miss Venezuela es luchar contra el corazón de una sociedad entera. Venezuela está regida por seis poderes: el ejecutivo, el judicial, la Iglesia Católica, PDVSA, las Fuerzas Armadas y el concurso Miss Venezuela. Este ha producido históricamente ganancias de cantidades millonarias y ha sido patrocinado por marcas tan importantes como Blockbuster, Apple y Coca-Cola. Es más, ¡Tuvimos una candidata presidencial que fue Miss Universo! Y no me impresionaría si, en unas décadas, una Miss se pusiese la banda presidencial. Nos guste o no, la realidad es que luchar contra este es una causa fallida. ¡Pero no es razón para rendirse totalmente! Considero que el movimiento de moda que nace hoy deberá conseguir un punto medio con el concurso: una Venezuela futura donde sigan existiendo las reinas de belleza y su poderío pero donde simultáneamente haya una industria de la moda desarrollada, compleja y artística sin la necesidad de oponerse tan radicalmente al Miss Venezuela. Me atrevo a decir que se necesitaría un acuerdo tácito entre ambos grupos pues es probable que en un futuro (mejor), en el que estos jóvenes desarrollen una hipotética nueva industria de modas venezolana, las marcas y talentos nuevos deban trabajar con las misses y con su poderosísima industria. 

El inescapable destino hacia el consumismo

Santiago Méndez, uno de los fotógrafos del proyecto.

Santiago Méndez, uno de los fotógrafos del proyecto.

Un punto corto pero significante: Sofía Rangel, una de las entrevistadas, considera que este grupo de creativos tiene un impacto porque “no se van a lo comercial”. Pero, ¿es posible la trascendencia de estos talentos artísticos, prácticamente solo del ámbito de la moda y la fotografía, sin el consumismo y la comercialidad? Es un destino inescapable, como el famoso “selling out” que tanto aterraba a las estrellas de rock. El diseño de modas y su industria son un ámbito ciertamente artístico y estético pero que aun así depende completamente del consumo y del comercialismo: ¿acaso no fue la moda una invención de las elites adineradas para diferenciarse constantemente de las clases económicamente inferiores que copiaban su estilo? De igual manera, la fotografía de modas depende en gran parte de las marcas y revistas que requieren el trabajo fotográfico para sus colecciones y de otros servicios que requieran la industria y las marcas. ¿Es que acaso Vogue.it, donde se hizo un reportaje del proyecto, no es un instrumento agudo del consumo y del capitalismo? Sacando a flote una vez más la hipotética industria de modas futura en Venezuela: si el grupo y sus talentos quieren trascender, será necesario no desviar la mirada del consumo y el comercialismo. Aun así, creo que muchos miembros del proyecto entienden esto (tales como Álava, Méndez, El Rifaie e incluso la misma Romano). 

Venezuela no es una dualidad estética entre Miss Venezuela y 0212

Un punto que no me convenció de la narrativa (o incluso metarrelato) del documental es que ilustra tácitamente a Venezuela como una dualidad estética entre aquella del Miss Venezuela (piensen en Alicia Machado circa 1996 o en Dayana Mendoza o en Mariam Habach) y la estética de The 0212 Generation (que bien ya expliqué). Pero, ¿acaso en Caracas, al menos, no existe una plétora de estilos paralelos o intermedios? ¿de expresiones estéticas de los diferentes grupos sociales de la ciudad? ¿de estilos fascinantes y de atrocidades visuales? Pensemos en las explotadas – que irrumpen con ambos estilos de belleza – o en aquel estilo tan característico de las tan mentadas ‘bendecidas y afortunadas’. Y, ¿qué hay del tan caricaturizado estilo de las bachaqueras y buhoneras? Con sus cholas y sus licras multicolores. ¿Acaso la boliburguesía, amos del kitsch, no tiene un estilo muy particular? ¿o los llamados ‘farandis’, mezcla híbrida entre sifrino y reggaetonero, como Alan Wittels, Corina Smith y muchas personalidades de Instagram y Youtube? Y, sumamente icónico, el estilo de las sifrinas caraqueñas tradicionales: las niñas de estrato acomodado con sus lacias cabelleras, blusas holgadas y estilos bubblegum (aves exóticas en restaurantes de sushi o Twister visual) que fielmente siguen los estilos de Vogue y de las insta-bloggers. No considero que el documental deba hablar de los diferentes estilos de los caraqueños, porque este jamás fue el punto del proyecto, pero creo que debió ser mas claro en cuanto a la diversidad (por muy extraña y ligada a las clases sociales que sea) que existe en nuestra ciudad.

Los prototipos de belleza son un hecho universal (pero sí: ser ‘diferente’ es un pecado en Venezuela) 

El documental desaprovechó un punto muy importante que esbozó la modelo Victoria Bozo al ser entrevistada: “el venezolano suele ser súper crítico con lo que es distinto. Aquí la mentalidad es muy cerrada y no está acostumbrada a ver algo que es distinto y no criticarlo.” ¡Bingo! Somos, lamentablemente con todo lo bueno y malo que tenemos, una sociedad que considera tácitamente lo artístico o cultural como despreciable, valora la viveza sobre el potencial mental, el dinero sobre el éxito laboral y que esboza el machismo como pilar social: una de las profundas raíces de muchos problemas como la discriminación de género, la homofobia, la desintegración del núcleo familiar, las madres solteras y adolescentes y el caudillismo político. Aquí, las mujeres reducen su dignidad por los hombres, hay canciones sumamente denigrantes y la masculinidad es extremadamente limitante (¿es que acaso el estilo de muchos europeos – heterosexuales – no es una “mariconada” en Venezuela? ¿Es que acaso no es “de jevas” el arte, la moda y la cultura?), etc.…

Aun así, el documental obvió este punto de suma importancia dicho por Bozo pues lo desvió a dos ángulos que resultaron tambaleantes en el mejor de los casos: el primero es mostrar la situación de la predominancia de un patrón de belleza que todos conocemos y la discriminación a “lo diferente” como algo meramente venezolano. ¿Es que acaso los patrones de belleza no son internacionales y globales? ¿No se pelea por las mismas causas, así consideres esto honorable e importante o ridículo y frívolo, en el resto del mundo? ¿Es que acaso las mujeres blancas, altas, muchas veces rubias, flacas y de senos y traseros grandes no dominan las industrias de modas en todo el planeta tierra? ¿Es que acaso la discriminación a base del físico – sin entrar en la discusión de si es válida en una industria de belleza o no – en las revistas y campañas del fashion no es un hecho global? Creo que la falla estuvo en hacerlo ver como un problema netamente y venezolano no como un problema internacional que tiene una mayor intensidad en Venezuela.  Se desvió el punto, de cómo en Venezuela hay un rechazo extremo a lo diferente, para dar una visión de que la dominancia de los patrones de belleza son prácticamente únicos de Venezuela (o al menos así hizo entender Daniela Benaim en una de las entrevistas).

El segundo punto es que dicha hostilidad tan extrema a lo diferente en nuestro país fue transfigurada en una historia de bullying personal – contada por Anabella Angelini – que no se le resta importancia pero que desvía la mirada de la profundidad del problema: que la discriminación e incomodidad hacia lo diferente en Venezuela no es solo un caso de pertenencia en el colegio, tan común en todo el mundo, si no que abarca todos los ámbitos de la sociedad y su estructura con una profundidad preocupante; causando además que muchos espectadores tomaran este punto no como la denuncia social tan importante que pudo ser si no como una historia más de “chicos que somos diferentes pero nos encanta serlo y por eso somos cool” al estilo Glee o canciones pop de la vertiente Born This Way, Firework o We R Who We R.

¿Caracas, Ciudad de Despedidas 2.0? o de cómo ciertos ‘críticos’ no entienden la cultura, la diversidad ni la globalización

Meteré el dedo en la llaga: la colectividad venezolana, en parte desde sus orígenes pero agudizado exponencialmente por la revolución bolivariana, ha buscado la causa de sus problemas en orígenes externos y ha tratado de encontrar un sentido de identidad en un constructo sin mucha claridad llamado venezolanidad. Posteriormente, como un sentido de culpa restregado por toda la clase media gracias a la revolución, se ha hecho creer que el ámbito cultural – o cualquier ámbito en general – debe estar siempre ligado a los problemas sociales del país o a los sectores más pobres y marginados como lo son los barrios. Es una de las pocas cosas que exalto de Blue Label/Etiqueta Azul: ¡Basta de pensar que no hay otras realidades! ¡Basta de la apología del malandro en el cine! ¿Por qué digo todo esto? Por los comentarios tan ilógicos y llenos de victimización que he visto en la sección de comentarios del video.

Willian Álava, otro de los fotógrafos líderes del proyecto.

Willian Álava, otro de los fotógrafos líderes del proyecto.

¡Han llegado a acusar el video de ser Caracas, Ciudad de Despedidas 2.0! Esto es una locura: ambos enfoques son sumamente diferentes. Los argumentos de estos críticos recaen en frases vacías y erosionadas de tanto uso en el país rojo como que los jóvenes del video son de un entorno de clase alta donde han crecido sumamente alienados de la realidad, que el estilo es el mismo estándar indie del exterior, que no se recalca la venezolanidad y que es un patrón estético europeo o anglo-sajón. ¿Entorno de clase alta? Los jóvenes del video provienen de trasfondos diferentes, gran parte de orígenes no suntuosos y teniendo muchas dificultades para lograr sus sueños y proyectos, y aun así ¿se tiene que ser de clase alta, en este mundo globalizado y dominado por el internet, para seguir corrientes y estéticas del exterior? ¿Y si fuese un grupo de clase alta, los hace menos venezolanos o menos dignos de hacer arte y dar sus opiniones y puntos de vista? Deja mucho que pensar sobre lo que ha dejado este proceso político en las cabezas. ¿Mismo estándar indie del exterior? ¿Venezolanidad? ¿Patrón europeo? ¡Vivimos en la era de la globalización! Es común que los mismos estilos y corrientes se repitan y se adapten por todo el planeta. ¿Qué exigen quienes braman, emocionalmente, por venezolanidad? ¿Palmeras, cuatro, arpa, maraca, arepas y turpiales o modelos vestidos como personajes de Casas Muertas y de Doña Bárbara? ¿Les molesta que algunos de los modelos (porque hay de todas las razas y formas) tengan ojos claros o sean rubios o de piel blanca? ¿Patrón estético europeo o anglo-sajón? ¿Es que acaso Venezuela no es una invención española con una religión con sede en Italia, un idioma de la península ibérica, una manera de vestir completamente occidental, un sistema político de origen griego y forma francesa? ¿Un país que depende de vender petróleo a Estados Unidos, donde se juega baseball como deporte nacional, se come perro caliente en las calles, queso (un producto del Viejo Mundo) en las arepas y cachapas y se toca arpa y cuatro (ambos, o al menos sus ancestros musicales, traídos por España). Además ¿no son sumamente caraqueñas las locaciones utilizadas en las fotos? ¡Dejen de tumbar estatuas de Colón y renegar nuestro origen hispánico! Mestizaje precisamente incluye en su composición a España (56% del ADN del venezolano común). Mucho pseudo-comunismo barato e ilógico tintando de ideología y de argumentos huecos a nuestra cultura contemporánea.

El boom cultural en la Venezuela revolucionaria (y quebrada)

Lo que más le aplaudo y celebro al documental es cuando Constanza Ramírez, una de las entrevistadas, dice que la crisis en Venezuela ha producido un boom en las artes y la cultura. ¿Cómo negarlo? Es cierto que la juventud nos seguimos sintiendo sumamente inconformes con nuestra estructura cultural, sus espacios y su producción (y ni hablar de la auto-complacencia y la falta de crítica) pero no podemos esconder que el ataque abierto a la cultura que hizo el chavismo (Sofía Imber despedida, la centralización de los museos, exposiciones de la vida de Chávez en estos, el Teatro Teresa Carreño como mercado de vegetales…), la búsqueda de la identidad nacional y del amor patrio que apareció en la crisis y el deslave económico reciente han hecho florecer una serie de espacios culturales que no existían en la añorada Cuarta República: Fundación para la Cultura Urbana (2000), Fundación de la Memoria Urbana (2000), Trasnocho Cultural (2001), La Escuela Foto Arte (2008), Festival Imaginarios (2008), Prodavinci.com (2010), la librería Lugar Común y la editorial (2012), Editorial Puntocero (2012), Centro de Arte Los Galpones (2013) Elestilete.com y su editorial (2015), el Festival Intercolegial de Humanidades (2015), el Centro de Investigaciones y Estudios Fotográficos (2016), la Revista Desorden (2017), entre muchos otros proyectos (algunos que ya venían desde los noventa, como RMTF (1993), pero que han crecido muchísimo en los últimos años). Además, el cine venezolano ha tenido gran éxito en los últimos años, la UCAB y la UCV han creado nuevas cátedras como guionismo, producción editorial o gestión cultural y una cantidad de escritores venezolanos han ganado premios internacionales (Alberto Barrera Tyszka en 2006, Camilo Pino en 2010, Rafael Cadenas en 2015, Barrera Tyszka de nuevo en 2015, Yolanda Pantin en 2015, Rodrigo Blanco en 2016, Fedosy Santaella en 2016 y Michelle Roche en 2017) cuando históricamente nuestra literatura ha sido sumamente aislada. En las crisis, muchos lloran y otros venden pañuelos.

¿Existe el futuro? (o de cómo hacer futuro)

Uno de los puntos más importantes del documental es dicho por Daniela Benaim, al afirmar que hace falta más academia a nivel de moda, más formación a nivel de moda y más creación de parte de los diseñadores. Este es el cáncer de todas las artes y las industrias de diseño en nuestro país: no tenemos medios culturales de distribución y divulgación y a nivel académico el país sufre una escasez aterradora. Necesitamos mejores profesores, cátedras, academias e institutos que rompan con la dictadura del mal gusto y que no teman en ir más allá; que puedan instruir y crear nuevos artistas y diseñadores como se haría en cualquier otro país, que rompa el aislamiento cultural venezolano, que puedan traer las corrientes internacionales a Venezuela y que se encarguen de desterrar – a través de los nuevos talentos – a esos intentos de artes plásticas, diseño editorial, publicidad, diseño gráfico, etc. que pululan en nuestras revistas, portadas de libros, canales de televisión o galerías de arte (lo cual no significa que no haya material esplendido, pero que lamentablemente es una minoría – en especial en las áreas del diseño). Al igual que Benaim, soy sumamente optimista y creo que las generaciones jóvenes – en especial ahora que muchos venezolanos han sido instruidos con los beneficios de importantísimos institutos y universidades en el exterior – van a ser los heraldos de las nuevas corrientes estéticas en el país, de las industrias de diseño y de los medios divulgativos y distributivos de arte y cultura. ¿Qué mejor muestra de la falta de divulgación que el hecho que este proyecto ha sido escasamente reseñado? ¿Qué haya aparecido en Vogue Italia pero en apenas dos medios venezolanos?

Aun así, sentí una vertiente de derrotismo en muchos de los entrevistados. ¿Por qué no creer en el futuro, si ellos mismos lo están haciendo ahora? ¿Por qué no proponer ideas y soluciones por muy descomunales y grotescos que sean los problemas? Los jóvenes del proyecto, o cualquier joven en Venezuela, no deben dejar de seguir sus sueños e intentar que lleguen a la existencia. El futuro del país – en especial a nivel cultural y artístico – depende en gran parte de nuestra generación. Precisamente, el hecho que estén trabajando en estos proyectos de excelente ejecución y propuesta diferente habla en tiempo presente de un cambio: habla de que aquel futuro soñado, aquellos problemas planteados por Benaim que debemos resolver, está en las manos de los jóvenes – 0212, millenials/generación Y, generación Z, como quieras decirles – y precisamente de aquel ímpetu por resistir, crear, y más que nada cambiar (¡!) que tiene dicha generación (tanto el cohorte mostrado en el documental como los demás grupos) en Venezuela.

Por eso (y creo que aquí ya rayo en un consejo) los jóvenes, más allá de sentir derrotismo por las dificultades que los rodean, deben caer en cuenta que el futuro si es real: porque está siendo creado por ellos mismos ahorita. Deben caer en cuenta que mientras mantengan – mantengan no, mantengamos – ese ímpetu por crear un país mejor (y aquí incluyo a todos los jóvenes, no solo aquellos del arte y la cultura), este podrá plasmarse en la realidad. De la juventud, de estos grandes sueños, dependerá el resolver los grandes problemas actuales y reformar la cultura – y el país en casi su totalidad –  a través de esas visiones sublimes que actualmente nos seducen en nuestras fantasías.

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Fotos del proyecto (haz click en la imagen para ver la siguiente y ábrela en otra pestaña para verla completa):

Quiero un presidente

Quiero un presidente que haya sido arrollado por una tanqueta. Quiero un presidente que haya sido preso por disentir. Quiero un presidente que haya sido torturado por informar o expresarse. Quiero un presidente que haya sido abatido por una bala o un perdigón o una bomba lacrimógena. A una anciana asfixiada por gas o a una mujer cuyo marido ha desaparecido. Quiero de presidente a una madre que llora por su hijo asesinado o a un enfermo que muere sin medicinas o a una víctima del cáncer que se suicida a falta de quimioterapia o a una embolia o a una hemorragia o a un derrame. Quiero de presidente a una persona que muere de hambre, a un niño que se desmaya sin pan, a un hombre que escarba de la basura, a una madre que no consigue alimentos para sus hijos o a una persona forzada a estar en una cola. Quiero de presidente a un joven que emigra ante un empuje o a un padre que sufre por su descendencia en tierras distantes. Quiero a un ex-pdvsa. Quiero a un indígena envenenado por el mercurio en los ríos. Quiero de presidente a una víctima de los colectivos o de los pranes o de las mafias fronterizas o de la guerrilla o de las fuerzas armadas nacionales. Quiero a un hombre víctima del hampa o a una mujer víctima por el hampa. O una persona secuestrada. Quiero de presidente a un joven violado con un fusil  o a una mujer obligada a comer gusanos por abuchear a la esposa de un político. Quiero de presidente a un comerciante que ve su tienda saqueada o a un empresario que le han quitado todo o a un hacendado famélico. Quiero de presidente a una reina de belleza asesinada. Quiero a un rico demonizado o a un clase-media devuelto a la pobreza o a un pobre sumido en la miseria. Quiero a una directora expulsada de su museo. Quiero de presidente a un joven privado de su futuro o un profesional privado de su progreso o un trabajador privado de ascender. Quiero de presidente a una ciudad que llora o a un país que le disparan.  Quiero de presidente a una protesta, a un medio censurado o a un preso político. Quiero de presidente a un mártir. A un disidente. A un rebelde. A un discriminado. A un marginado. A un pisoteado. A un oprimido. A un reprimido. A un escupido. Quiero de presidente a una víctima. A un creyente o a un luchador. Quiero de presidente a un futuro o a un grito de libertad. Quiero un presidente que sueñe. Quiero a un sueño de presidente.

Quiero un presidente (inspirado en la obra de Zoe Leonard)

Tony Frangie Mawad

2017

mi Twitter es @TonyFrangieM

La Generación de los Sueños

Hace unos días, mi mejor amiga me mandó un voicenote. Estaba llorando. Me dijo que uno de sus amigos cercanos, el mismo de su foto de perfil, había sido asesinado por la Guardia Nacional. Nuestra generación, aquellos nacidos en los noventas y principios de los dos mil, nos ha tocado duro. No solo a nivel económico (que ya es mucho), si no a nivel social y político. Somos una generación que crece sin libertad y no en un sentido simplista de la palabra: es como estar secuestrados, acorralados, o enjaulados por un Estado hostil y omnipresente (además de omnipotente) que pareciese alimentarse de la miseria y desgracia colectiva de sus ciudadanos. Somos una generación a la que le han troncado los sueños; nos han llenado de balas y sangre, nos han dicho que el futuro no existe, nos han enfrentado entre compatriotas, nos han forzado – casi empujados – a irnos a tierras lejanas y nos han hecho entender que no importamos; que solo vale esa oligarquía corrupta y fétida que tanto delira con Fidel pero viste Louis Vuitton y que duerme sobre un pozo (ahora charco) de petróleo. En fin, somos una generación dolida y violentada. ¿Pero somos solo eso? No. Somos una generación que con cada golpe, cada disparo, cada exilio y cada bomba, levanta la cara y sonríe porque sabe que el futuro – a pesar de lo que nos dicen los gobernantes – si existe. Y es por eso que somos la Generación de los Sueños, la que sabe que es posible crear un país mejor donde hay espacio para todos. Porque eso es Venezuela: una tierra de caras y mentes diferentes que en su diversidad hacen la belleza física y espiritual de este país. Muchos lo llaman 'país de mierda', pero ¿como decirle así a un país donde florece sin que sea primavera, donde la felicidad perdura en malos momentos, donde todo es un abrazo y un 'mi amor', donde jamás te sientes solo, donde abunda el calor humano y donde las guacamayas te cantan cada mañana? ¿Un país que fue el primero en abolir la pena de muerte, que tiene a Rómulo Gallegos, Cruz Diez, Yolanda Moreno, Carlos Raúl Villanueva, Uslar Pietri, Convit, Fernández Morán y un sin fin de mentes ilustres más? Es por ese país que luchamos. Porque creemos en su futuro y creemos que hay un paraíso detrás del lodo, como cuando Santos Luzardo le enseñó a Marisela su propia belleza. Esto no es 2014: en las calles están todas las edades, clases sociales y trasfondos posibles. Ahora somos un solo país que, tras tanto dolor y ofuscamiento, finalmente entendió su identidad y que, si todos ponemos de nuestra parte o de nuestra ayuda, va a salir de esta pesadilla muy pronto. Vamos a crear país, vamos a demostrar que el futuro es real. Por eso les pido a todos: sueñen con esa Venezuela futura que vamos a construir, esa Venezuela que mi generación hará suya y le dará a sus hijos. Sueñen con ver a Caracas limpia y segura, con ver a los jóvenes hacer vida aquí, con democracia y justicia, con cultura y museos, con un piso de Cruz Diez que sea de bienvenida y no de adiós. Sueñen con una Venezuela libre: porque los sueños se cumplen y porque por ellos se lucha.

 

 

Cuando nos creíamos la última coca-cola del desierto (resentimientos de ayer y hoy)

La caída de Ixión (1588) - Cornelis Van Haarlem.

La caída de Ixión (1588) - Cornelis Van Haarlem.

           En la Era de la Información, los comentarios en las redes sociales son la voz del pueblo. Con la democratización de la opinión, todos pueden expresar sus pensamientos y sentimientos a través del internet. La historia ahora está fosilizada en las secciones de comentarios de cada artículo y noticia. Debido a esto, creo que los comentarios bajo las noticias de venezolanos cruzando masivamente a Colombia son oro.

            La disputa entre venezolanos y colombianos probablemente data del año de la pera, pero se agudizó durante la década de 1970 y principios de la década de 1980. En ese entonces, cuando nos llamábamos a nosotros mismos la Venezuela Saudita, el país experimentó altos niveles de prosperidad económica y desarrollo. Atraídos por el brillo del petróleo, miles de colombianos y peruanos (entre otros andinos) acudieron en tropel a Venezuela. Su llegada no fue tan bien recibida como la de previas migraciones europeas y levantinas. Insultos como “colombiches” fueron aplicados a los colombianos y “cotorros” a los peruanos, gente que en su mayoría había sido contratada para trabajos domésticos y mano de obra barata y que se habían asentado en los barrios en torno a las ciudades. El desprecio que muchos venezolanos sentían hacía ellos no es secreto.

            Mi mamá, como la mayoría de sus compañeros del bachillerato, es hija de inmigrantes. Aun así, ella recuerda como uno de sus compañeros de clase era de origen colombiano y, debido a esto, era la burla de la clase. Los hijos e hijas de venezolanos y extranjeros le hacían ‘bullying’ a su compañero – y lo hacían sentir inferior – solo por ser colombiano. Según ciertas voces de aquella generación, el crimen y el narcotráfico se multiplicaron increíblemente en Venezuela por la llegada de los colombianos. “Todo el crimen era cometido por ellos”. No sé que tan certeras sean estas afirmaciones pero el prejuicio de que los inmigrantes colombianos eran importadores de violencia, crimen, prostitución y narcotráfico es fuerte. Hay gente que incluso los culpa por la aparición de las bendecidas y afortunadas. ¿Suena familiar no?

            Venezuela se veía a si misma como una tierra rica de reinas de belleza, petróleo y viajes de shopping de fin de semana a Miami y a Disney World que tenía un vecino pobre infectado con la FARC, prostitución, miseria y narcotráfico. Aun recuerdo cuando visitamos Bogotá a mediados de los años 2000 – ya el derroche petrolero acabado hace mucho y la revolución bien instalada – y mi hermana recalcó lo pequeñas que eran las cucharas en el Mcdonald’s bogotano comparado con el Mcdonald’s en Caracas. Ahora no tenemos Big Macs.

            Las cosas cambian para bien y para mal, dependiendo de en cual país estés parado. Ya sabemos la historia de lo que pasó con Venezuela. Con la reapertura de la frontera colombo-venezolana, cerrada hace un año por el presidente Maduro, cientos de miles de venezolanos han cruzado a Cúcuta – estilo éxodo – para comprar comida. La multitud hambrienta prácticamente ha llevado consigo la escasez pues varios productos quedaron fuera del inventario los primeros días. Las vueltas que da la vida.

            La percepción – entre compatriotas y también entre naciones – cambió también. La obsesión de #GraciasColombia hubiese sonado como un chiste ridículo a los baby boomers en sus años jóvenes. Y ahí es donde encuentro la preciosidad de los comentarios en Facebook: el lado oscuro que los medios no muestran. Hay resentimiento colombiano – y mucho. Es simple: muchos colombianos no perdonan el desprecio que recibieron en el pasado y ahora ven el final de nuestra historia con un sentido de justicia divina y hasta de schadenfreude. Solo lean algunos comentarios:

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            La población venezolana ha interpretado al chavismo, como cualquier otro gran evento social a nive universal, a través de unos lentes casi-mitológicos repletos de moralejas. Lo vemos en diferentes narrativas: Chávez murió porque era arrogante y jugó a ser dios – llamando a la muerte y desenterrando a Bolívar; Chávez llegó al poder porque Dios envió a alguien a destruir a Venezuela para que así pudiésemos aprender a amar a nuestra tierra; Chávez es un mesías que vino a salvar a los pobres del yugo de la oligarquía; etc.…   Ahora tenemos la narrativa moralista más nueva – con los mismos matices de la historia de Moisés – y esta no viene de nosotros, si no de los colombianos:

            Los venezolanos eran prósperos pero soberbios y déspotas. Despreciaban y maltrataban a colombianos inocentes. Eventualmente, Dios castigó su soberbia con hambre y enfermedad. Los venezolanos, caídos en desgracia y karmáticamente gobernados por el más tonto de los colombianos, miserablemente pidieron por comida en la ahora prospera Colombia donde la benevolente y clemente gente recibió a los humillados venezolanos con comida y riquezas.

            Estamos en las filas de Adán y Eva, la Torre de Babel, Atlantis, Arachne y Lucifer. Nuestra historia es una de hibris: somos el Prometeo de la América Latina post-neoliberal. 

 

 

Yo nací en esta ribera...

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Venezuela está padeciendo una grave enfermedad que es destructora y es desmoralizadora. Nos necesita más que nunca. A pesar de los percances, yo tengo fe de que el país se levantará de su lecho de muerte, esgrimiendo un tricolor de siete estrellas, y romperá sus cadenas paa iniciar una nueva época. Firmemente, creo que el camino que iniciamos hace ya unos años sigue en pie y que aunque estamos en la madrugada más oscura de Venezuela - en el sótano de su historia - el amanecer está por acontecerse. La Tierra de Gracia va a enjuagarse sus ojos llenos de sangre y de dolor para ver el regreso de millones de compatriotas expatriados que con sonrisas en sus rostros regresan por una Maiquetía cuyo suelo multicolor ya no será símbolo de despedidas - si no de reconciliación.  

¿Por qué yo voto?

Yo voto por mí. Yo voto por ti. Yo voto por ellos. Yo voto para que en Venezuela reine la paz y la democracia. Yo voto para que en mi país se respeten los derechos humanos. Yo voto por tener un futuro.

Yo voto para que los supermercados y los abastos se regocijen de comida. Yo voto para que sobre la harina pan, el aceite, la azúcar, el café, el papel toilette y todos los productos que escasean. Yo voto para que las colas interminables sean un mal recuerdo del pasado. Yo voto para poder comprar lo que quiera, donde quiera y cuando quiera. Yo voto por poder comprar sin mi número de cédula y sin mis huellas dactilares. Yo voto para que regrese todo lo que desapareció; por los repuestos de los autos, por el papel periódico, por los útiles escolares. Yo voto para que no tengamos más la inflación más alta del mundo; para que los precios no se alcen hasta las nubes. Yo voto para que nuestros salarios valgan la pena; que alcancen para comprar comida, para viajar, para comprar un carro, para comprar una casa y que aun así sobre. Yo voto para que el dinero que hay en las calles no sea papel sin valor; para que ahorrar no sea un fiasco.

Yo voto para que haya medicinas. Yo voto para que la gente no muera porque no hay con que curarse. Yo voto para que nuestros hospitales y clínicas tengan todo lo que necesiten y sean de nuevo lugares para sanar a los venezolanos. Yo voto para ir a una farmacia y comprar jarabes, pastillas, gotas y demás sin que nos digan que no hay. Yo voto para que los recién nacidos tengan donde dormir, para que los enfermos de cáncer puedan someterse a la quimioterapia y para que las radiografías no sean un bien valioso.

Yo voto para que cese la corrupción estrambótica. Yo voto para que aquellos que se proclaman socialistas dejen de vivir en casas de oro y viajar en avionetas futuristas a costas del dinero del pueblo que se han robado. Yo voto para darle la espalda a los bachaqueros, a los paramilitares armados, al abuso de la bota verde y a los malandros. Yo voto para que cese la inseguridad. Yo voto para que no tengamos más muertos violentos anualmente que Iraq en guerra civil. Yo voto para que cesen los secuestros, los atracos, los asesinatos y los robos. Yo voto para poder salir a la calle sin miedo. Yo voto por los muertos: los de la inseguridad, los de las protestas, los de todo tipo de violencia política. Yo voto por los secuestrados.

Yo voto para que tengamos una sistema educativo ejemplar. Yo voto para que todos tengan educación. Yo voto para que cese el acoso a nuestras universidades y para que tengan los presupuestos que se merecen. Yo voto para que sean centros de cultura y conocimiento y no campos de batalla. Yo voto para que nuestros profesionales no deban abandonar sus sueños o su país. Yo voto para que nuestros científicos vuelvan. Yo voto para que nuestros museos y teatros sean joyas de la humanidad y no anfiteatros políticos. Yo voto para que desaparezca la pobreza. Yo voto para que todos tengan una vivienda digna, agua, electricidad e igual oportunidades. Yo voto para que seamos un país mayoritariamente de clase media. Yo voto para que todos tengan oportunidad de salir adelante. Yo voto para que reina la cultura. Yo voto para que regrese el cosmopolitismo de Caracas. Yo voto para que cese el odio entre clases, para que dejemos de pensar como ricos y como pobres y empecemos a pensar como venezolanos.

Yo voto para que los servicios públicos funcionen. Yo voto por que regresen los empleados de PDVSA. Yo voto para que haya luz y agua. Yo voto para que Cantv, el metro y los autobuses funcionen correctamente. Yo voto para que liberen a los presos políticos. Yo voto para que no haya más abuso y represión. Yo voto para que cese el miedo y la intimidación. Yo voto para que no obliguen a mujer a comer gusanos por abuchear a la esposa de un político; para que nos golpeen, no nos electrocuten, no nos quiten el gozo que es ver el sol, no nos violen con fusiles y no nos deformen con golpes. Yo voto por los estudiantes muertos y presos. Yo voto por los perseguidos y los exiliados. Yo voto por la libertad de comercio; para que no haya más expropiaciones, no haya regulaciones ilógicas, controles cambiarios y ataques a la industria privada. Yo voto para que haya libertad de expresión; para liberarnos de la censura, para que los periódicos y los canales de televisión nos muestren la realidad sin miedo a ser cerrados.

Yo voto para que se detenga la emigración masiva. Yo voto para que volvamos a ser un país de inmigrantes y no de emigrantes. Yo voto para que regresen todos los que se fueron. Yo voto para que el piso de Maiquetía no sea un signo de tristeza si no de arte. Yo voto para que cesen las lágrimas y las despedidas. Yo voto para que dejemos de estar repartidos por el mundo. Yo voto por la juventud. Yo voto por tener mis hijos en Venezuela. Yo voto para que millones de niños venezolanos crezcan en nuestra tierra, bajo nuestro cielo, y hablando nuestra lengua.

Yo voto por remediar nuestra imagen dañada en el mundo. Yo voto para que dejen de prostituir los nombres de nuestros próceres. Yo voto para que no se aplauda la viveza criolla y la flojera. Yo voto para que haya hogares dignos; para que las adolescentes no sean madres y las madres no sean solteras. Yo voto para que dejen de decirme que no pertenezco a este país. Yo voto para que se detengan los abusos a los indígenas en Canaima y la selva amazónica. Yo voto para que este y oeste sean solo nombres geográficos. Yo voto para que dejemos de ser refugio de terroristas de todo el mundo. Yo voto para que todos tengamos una voz. Yo voto para que la desidia deje ser un símbolo nacional. Yo voto para que dejemos el salvajismo y vayamos al desarrollo. Yo voto por Gallegos, Trompiz, Soto, Cruz-Diez, Moreno, Imber, Tío Simón y todos los luceros de nuestra cultura. Yo voto por la tierra de gracia. Yo voto por el tricolor de la bandera. Yo voto el turpial, por la orquídea y por el araguaney. Yo voto para que seamos de nuevo una tierra de tolerancia. Yo voto por un cambio. Yo voto por la reconciliación. Yo voto por Venezuela. 

La Generación del Miedo y la Rutina.

        Somos la generación del miedo y la rutina. Hemos crecido en un país descompuesto; un adefesio de república donde la vida no vale nada y la moral es un ser deformado. Somos las víctimas de un experimento social, de la negligencia de una sociedad idiotizada cuya falta de ciudadanía en 1998 nos llevó a pagar sus consecuencias. Aquí estamos, mirando con envidia a todos los jóvenes del mundo a través de nuestras redes sociales; revolcándonos en la falta de futuro, de progreso, de cosmopolitismo; en la chabacanería de lo que queda de vida nocturna; en el encierro a domicilio que se ha vuelto nuestra juventud. Nos babeamos como idiotas viendo el Halloween en el resto del mundo; viendo la diversión de jóvenes que todas las tardes disfrutan de su ciudad y sus amigos; viendo todas esas maravillas que ofrece la vida en un país normal: la comida, la ropa, los museos, las actividades recreacionales. Todo lo que crecer en una revolución nos arrebató.

            Y así vivimos, a base del deseo y del miedo. El miedo a no saber si viviremos, el miedo a no saber adónde se dirige tu futuro. El miedo a que esta pesadilla no termine nunca. A que finalmente nos terminemos de volver una comunidad completamente emigrante. Ese miedo a que algún día – 2030, 2050 – nos sentemos en casas suburbanas con nietos e hijos que hablen lenguas foráneas, recordando un Ávila que más nunca vimos, con relatos generacionales que no son de heroísmo y progreso si no de nuevos nómadas modernos. Sentarse en el metro de Nueva York, año 2052, y ver una anciana venezolana narrar su travesía por el mundo una vez que abandonó Caracas décadas antes para más nunca volver.

            Y dejamos nuestras pocas esperanzas en lo poco que nos queda. En brujos y profetas, en elecciones parlamentarias. Y el miedo acecha y golpea, apareciendo con rumores macabros y desalentadores que llegan de supuesta largas cadenas de gente: que habrá un fraude masivo, que compraron a la ONU con oro, que si gana la oposición los colectivos desarrollarán una pesadilla de sangre y terror en las calles del país. Surge la depresión, pero la esperanza perdura en medio de la oscuridad.

            No es lindo vivir con miedo y no es divertido vivir con rutina, encerrado en una casa. Y así, a mi generación le ha tocado vivir los peores momentos de la historia de este desangrado país que es Venezuela. Somos la generación de la emigración, empujados por el país a las aguas del Caribe para conquistar el resto del planeta – dejando una patria en llamas atrás. Y todo por la irresponsabilidad de una generación mayor que no logró entender lo que tenían hasta que lo perdieron.